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Del juego a la literatura, tan sólo algunos casilleros.-

Un conglomerado de temas y estilos muy disímiles entre sí. Historias de amor, de locura y de muerte; reflexiones acerca del mundo; explicaciones de cuestiones mundanas. Incluso invitaciones a imaginar imposibles. Ficciones, textos didácticos y explicativos y otros que se le arriman a textos científicos. Todo aquello tiene el cúmulo de cuentos que Héctor Álvarez Castillo escribió para jugar a ser narrador o narró para divertirse.

Por Laura Spiner
Fotografía de Stella Maris Zuttion

Buenos Aires, septiembre 7 (Agencia NAN – 2011).- «Sesenta y cuatro instantes/ de luz y de sombra/ donde nadie/ es invicto./Almas que han perdido/el don de servir a Dios/en el sueño/ les robaron el porvenir». Estos versos pertenecen a Tablero, poesía que el escritor y editor Héctor Álvarez Castillo publicó en su libro Zafiro 1985-1988, editado en 1988. Hoy, a más de veinte años, aquel número de casilleros se resignifica en un tablero mucho más complejo que él llamó Naif. Del juego a la literatura, una producción que contiene 64 ficciones breves que fueron, según él, una manera de salvar su relación con la literatura debido al escaso tiempo del que dispone. «Los textos breves pueden elaborarse mentalmente en un bar, en el colectivo, caminando, en los momentos vacíos», explica el escritor, cuya propia editorial lanzará este libro a fines de septiembre.

Se podría pensar que aquella «cenicienta pasada de moda», aquella poesía en la que uno de sus personajes se había prometido no malgastar más el tiempo desde sus años escolares de Bécquer, pasó de moda también para Álvarez Castillo. Pero no fue así. Desde comienzos de los ’90 -época en la que los primeros escaques de Naif… empezaron a cobrar forma- hasta la actualidad, el escritor fue ganando en su labor como prosista, pero por medio de un trabajo muy meticuloso sobre los textos, sobre cada oración, sobre cada palabra. «El trabajo se hizo de lima, como en la poesía», acepta. Incluso hay algún que otro texto que por su brevedad y su sonoridad podría descomponerse y pensarse, tranquilamente, como un poema.

Definir Naif… no es una tarea sencilla. En él se pueden encontrar un conglomerado de temas y estilos muy disímiles entre sí, una gran autonomía en cada uno de los textos y, al mismo tiempo, una relación de intertextualidad, tanto entre ellos como entre aquellas ficciones y el mundo de la literatura. Se pueden distinguir, a la manera de Quiroga, historias de amor, de locura y de muerte; reflexiones acerca del mundo; explicaciones de cuestiones mundanas, como el por qué del extravío de nuestros paraguas. Incluso ficciones que se proponen imaginar imposibles, como el deseo de un hombre por erradicar el hambre en el planeta, o el de otro por congregar a un centenar de ateos con la consigna de formar una religión en la cual la creencia fuera la no-creencia. Algunos pueden leerse como ficciones, otros parecen más didácticos y explicativos, y están los que pretenden sonar como textos científicos.

El último del libro del escritor intenta explicar quiénes son aquellos seres llamados naif: «El naif no sabe. No quiere. Es. Exclama: ‘Yo soy’, pero no es yo ni es él ni tú ni vos. En el génesis el naif fue antes que el número, porque el número engendra división y el naif fue simple, no compuesto. El naif es presencia». Y aquí podríamos agregar que Naif no se define, se lee.

–El prólogo dice que los lectores primerizos de los textos denuncian que la mayoría de ellos poco tienen de naif y que, por diversas causas, usted persistió con el nombre. ¿Cuáles son ellas?
–Me sedujo el título. Fue un amor, digamos, a primera vista. Además, no quise alejarme del espíritu inicial que me llevó a pensar el libro, esa colección de textos breves donde me proponía permitirme cosas en el terreno de la literatura que en otras ocasiones no lo había hecho.

–¿Por ejemplo?
–En algunos juego con el lenguaje de una manera como antes no lo había realizado. Incluso, hay textos paralelos, textos que funcionan cada uno como espejo del otro. Esto se relaciona con la idea de juego, de jugar en y con la literatura. Recordemos que el subtítulo de la colección es justamente ”Del Juego a la Literatura”. A mí me interesaba divertirme a la par de trabajar con los textos. Ésa era, en parte, la consigna inicial.

–La muerte es una de las temáticas que está bastante presente en los textos, lo cual resulta paradójico si pensamos en el título del libro. ¿No es así?
–El amor, la muerte, Dios, la soledad, estas cosas de las que venimos hablando los seres humanos hace miles de años, entraron por la ventana en Naif… y se quedaron con absoluta comodidad. En la serie de relecturas que fui realizando, a mí mismo me fue sorprendiendo cierta repetición y, con cada repetición, cierta insistencia en el tratamiento de algunos de esos temas.

–Hay un poco de todo: un texto retrata a Batman de una manera bastante peculiar, otro habla de un guardián de cadáveres. ¿Hay un nexo que los una o cada texto es sumamente autónomo con respecto al resto?
–Desde lo estilístico hay un fuerte nexo. Más allá de que me plantee jugar, si es que vale describir con este verbo lo que hago, la preocupación por la palabra, por la música, por la concisión en Naif… han tenido para mí una mirada similar a la de un libro de poesía. Ahora, desde la disparidad de temas, considero que el nexo esencial es el arco de mis preocupaciones o intereses. Desde las ficciones filosóficas a los meros relatos, está planteado lo que hace años va y viene en mi cabeza. No dejo de lado lo social, ya que no puedo dejar de reflexionar a diario sobre el orden en el que vivimos.

–¿Hubo cambios en su manera de escribir los textos a lo largo de más de quince años?
–Al estar fechados, no está oculto que lo que viene de la década del noventa quizás esté más cerca de la propuesta original, o de lo que pudo ser la propuesta original del corpus. Pero el trabajo de los últimos años también va exhibiendo que mi labor como prosista fue ganando, dentro de mi producción, tiempo, esfuerzo, dedicación. No sé si esto se expresa en calidad, en profundidad, pero al menos le he dado todo lo que estaba a mi alcance.

–Usted dijo una vez que, después del poemario El Faro de la Tempestad, no le había quedado nada para decir a nivel poético. ¿Fue por eso que se inclinó por la prosa?
–Siempre tuve algo para decir en Naif…. Si bien es verdad que dije eso, escribí dos poemarios después de El Faro… Me gustaría que me volviera a surgir esa inclinación por escribir versos, pero es muy difícil porque, últimamente, estoy abocado a lo narrativo y también a la voz para el teatro (Está escribiendo la pieza Cosa de hombres y dos infantiles: Niños en tinieblas y Don Julián y la pecosa).

–¿Qué significa ser el editor de su propia obra en una industria en la que no se publican obras de narrativa breve, a no ser las de autores muy conocidos y ya consagrados en la materia?
–Es una gran ventaja. Ahora sólo se reciben novelas en las oficinas de las editoriales. Nosotros somos hoy una colonia en términos culturales. Seguimos el molde que viene del viejo mundo o de los Estados Unidos. En esto hemos retrocedido desde los setenta hasta acá de una manera que no nos animamos a considerar ni decir abiertamente. El año pasado salió, por Seix-Barral, un nuevo libro de ensayos de Abelardo Castillo, el escritor tal vez más célebre de los que están vivos, junto a Andrés Rivera. Primera edición, tapa en todos los suplementos literarios, reportajes, dos mil ejemplares. ¡Dos mil ejemplares! Un editor de los setenta se reiría de esa suma. Preguntaría para que librería es.

–¿Qué repercusión tuvieron los textos que fueron publicados en revistas y blogs previamente a la edición del libro?
–Fue realmente muy buena. Recibí comentarios de lectores que me hicieron ver en los textos cosas que se me pasaban por alto. Algunos han salido en blogs con independencia de mi voluntad, algo que me alegra. Es bueno que el autor pierda algo de su derecho sobre la obra. Nadie va a dejar de adquirir un libro por leer un texto en la Web. Todo lo contrario: con el tiempo, va a ganar el deseo de recurrir a ese objeto visceral de nuestra cultura que es el libro. Aparte de los que fueron publicados en Internet, algunos de mis textos acaban de ser traducidos al italiano, y hay una avanzada intención de que ocurra lo mismo en francés y portugués. En México ha salido el inspirado en Batman en una hermosa revista que es Algarabía, y ahora se están imprimiendo cuatro para una plaqueta, compartida con Gabriela D’Arbel, una autora de ese país.

–La elección de que la cantidad de ficciones sea 64 no fue arbitraria y eso lo percibimos al leer, en el prólogo, el fragmento de «Camino a Babel», que habla sobre las casillas del ajedrez. Seguramente hubo textos que tuvo que descartar para llegar a ese número. ¿Existirá un Naif II?
–Sí, claro, no fue casual. El número es bien premeditado. Y, por supuesto, llevó al descarte de algunas ficciones, que es el mejor incentivo para trabajar en un nuevo libro, en el que ya estoy embarcado. También serán 64, el número me resulta cómodo, amable, más allá que funciona como un lazo con el ajedrez y eso, sin dudas, me agrada. Armé la carpeta del nuevo proyecto y fueron entrando textos viejos y algunos que nacen directamente para Legión. Ése es el título.

–¿Por qué Legión?
–Estuve un tiempo madurándolo, necesitaba el nombre para hacerme una idea de él, de ese libro que iba apareciendo y al cual le entregaba textos nuevos y viejos; el descarte, como si fuera el alimento para un “monstruo”. Pero el monstruo que deglute con ganas lo que escribo debe tener nombre para que yo lo piense y lo diseñe a gusto, y ese nombre, finalmente, es Legión. Una nueva colección de textos breves que ya ha ganado mi presente.