En una novela breve pero contundente, la temática de la otredad se hace carne en un argumento que mezcla trasgresiones, opresiones y libertades de la vida en sociedad.
Por Nicolás Alonso
Buenos Aires, mayo 9 (Agencia NAN-2011).- “El infierno son los otros”, decía Jean-Paul Sartre hace algún tiempo. En la mirada del otro, el hombre encuentra su propia vergüenza, porque sólo a través del otro, el ser humano puede ser consciente de sí mismo. La culpa, el pecado, la desnudez, se hacen carne en el cuerpo ante la mirada inquisidora de los demás. Esto es lo que La azotea (Puntocero, 2010), publicada por primera vez en 2001 por Trilce Ediciones, pone en juego. Una historia fuerte, sólida y conmovedora, donde la soledad, la angustia y la tristeza son, paradójicamente, productos de la propia convivencia humana (“Estamos enterrados vivos”).
La azotea es una novela corta y poderosa, distribuida en pequeños apartados de no más de seis o siete páginas cada uno, que podrían leerse como pequeños relatos independientes -cada cual con su propia carga emocional y con breves fragmentos argumentales- y van cayendo como gotas que, una a una, llenan una copa. La joven escritora uruguaya Fernanda Trías no cuenta todo de un envión, sino que dosifica el relato con una paciencia rítmica llamativa ante la fuerza del argumento.
La historia está narrada en primera persona. Clara es la protagonista y vive en un departamento junto a su padre desde que Julia, su madre, falleció en un accidente de tránsito. Ya en el comienzo del relato, un aire trágico ronda la obra. A medida que avanza, se lo puede ir reconstruyendo. Clara está encerrada en su departamento, su padre tirado en la cama del cuarto junto a un canario enjaulado. Las ventanas están tapiadas, sólo se abren para sacar el olor a excrecencias cuando éstas se tornan insoportables. Su único nexo con el afuera es Carmen, una inmigrante de extraño acento que, a cambio de unos pocos pesos accede a comprar los víveres, realizar los mandados y hasta actuar de partera. Clara decide entregarle a este personaje la responsabilidad de traer al mundo a su hija, Flor.
La trama tiene potencia. Clara y Julia siempre compitieron por el afecto de su padre, llegando hasta extremos insospechados. Tras el accidente, la protagonista asume el rol de su madre, iniciando una relación incestuosa con su padre que tiene como resultado a Flor, la hija de ambos. Al quedar embarazada, Clara decide cortar todo contacto con el mundo exterior y protegerse de la mirada inquisidora de la gente, en un acto desesperado por conservar lo único que cree tener: su padre. “El mundo es malo. Las calles son peligrosas, y no se puede confiar en la gente. Hasta el día de su muerte mi padre veneró un mundo que no hizo más que robarle todo lo que quiso”. El personaje de Clara encuentra en la mirada ajena el símbolo de su propia vergüenza, el reflejo de su propio infierno, entonces intenta conservar lo poco que le quedaba.
A partir de ahí, todo es paranoia y confusión. La poca plata de la que disponían empieza a agotarse, y el encierro se vuelve insoportable: “El silencio se come las paredes. Esta quietud tiene la presión de un globo a punto de estallar. Las orejas de los vecinos están pegadas a las paredes al otro lado de la puerta, la respiración de toda la ciudad contenida; les palpitan las sienes”. En esa cárcel autoimpuesta, Clara descubre un único rincón de libertad: la azotea. Desde allí las personas se ven diminutas e inofensivas, “como puntos negros”.
La azotea narra sobre la trasgresión. La decisión es arriesgada: evitar que la noción de incesto contamine con su densa carga valorativa el desarrollo del relato no es tarea fácil. No obstante, Fernanda Trías logra atravesar ilesa esa tentación del “golpe bajo”, haciendo de La azotea, una historia de soledad, tristeza y opresión, donde la idea de la culpa y del pecado se anclan en el incesto como podrían hacerlo en cualquiera de aquellas formas sociales que llevan impresa La marca de Caín.