Rígida, la obra dirigida por Carla Llopis navega a través del arte dramático y la danza contemporánea en los mares del vacío y la soledad. El flujo por el que se encausa es ideal para describir ambas sensaciones; sin embargo, a partir de las repeticiones y el hundimiento en varios lugares comunes, la puesta en escena deja un gusto raro: el del pelo enmarañado al despertar.
Por Ailín Bullentini
Fotografía de prensa de Me acosté…
Buenos Aires, marzo 30 (Agencia NAN-2010).- El encuentro con el fin de la vida en la primera arruga que se descubre frente al espejo. El odio que contamina por dentro cada vez que el objeto de deseo da la espalda. La búsqueda permanente, y siempre trunca, de una “una razón de vivir” que permita huir del “no sirvo para nada”. Esos tres ejes son los que desarrollan las intérpretes de Me acosté con la cabeza mojada en la penumbra de una de las salas del Espacio Cultural Nuestros Hijos (Av. del Libertador 8465), cada viernes a las 20.30. Los monólogos, mezcla de arte dramático y danza contemporánea, son expresiones que se quedan a mitad de camino entre escupitajos de bronca y la puesta en práctica de acciones que mejoren los estados depresivos. Y finalmente, ésa sensación dejan: la de la imposibilidad de encontrar una salida al “vacío cotidiano que nos afecta a diario”.
Con una combinación medida de teatro y danza contemporánea, Me acosté… crece sobre una estructura rígida. Ideal para describir a la vista y al oído de los espectadores cuán tedioso es bucear el océano de las soledades sin dar con la salida. Sólo unos focos dicroicos rompen la oscuridad cerrada de la sala y bañan los cuerpos de Carla Llopis, intérprete, creadora y directora de la pieza, y las otras dos actrices, Rocío Barcia y Marianela Navarro, que la acompañan arriba del escenario, cuando les toca monologar sobre la faceta de la soledad que consume sus días. Rígida, entonces, la estructura se teje a fuerza de monólogo y cuadro de baile; monólogo y cuadro de baile; monólogo… y cuadro de baile.
La que se siente morir en el primer pliegue que descubre en su rostro, frente al crudo espejo, es Llopis, que recibe desde una esquina del escenario a un público extremadamente cercano y lo invita a pasar al mundo que creó para su obra. Un mundo gomoso, denso, que empieza en la arruga encontrada en su rostro un camino de búsqueda del ser femenino. El lugar común asoma desde el vértice en el que Llopis está sentada, mientras cuenta cómo ella, mujer, vivió una vida de deseos ajenos. Frente al espejo, no se halla. Sólo encuentra arrugas.
La luz se desvanece sólo para dejarla avanzar hasta el centro de la escena, donde, finalizado el monólogo, comienza el cuadro de baile. El silencio no tiene casi presencia en los casi 60 minutos que dura la pieza. Cuando hablan, así como cuando bailan, los teclados y el cajón peruano de Emilia Parodi; la guitarra y los bongós de Salvador Ávila; y otros varios instrumentos de percusión en manos de ambos, marcan el compás arrastrado sobre las tablas, desde abajo, a un costado.
El primer cuadro de baile, al igual que el resto de los que vendrán entre soliloquios, es un fragmento de danza contemporánea que debe entenderse como la interpretación de las palabras dramatizadas y del sentido que todas ellas construyen en su conjunto, a la vez. Débilmente cuidada la técnica, los cuerpos intentan transmitir el mensaje de la pieza de la forma más lineal posible. El desgano que genera la depresión se ve en todos los movimientos. Se traduce en brazos y piernas a medio estirar. Se vislumbra en la falta de energía. Se oye en el ruido a bolsa de huesos, pelos, carne y piel contra el suelo que hacen los cuerpos al caer. Claro, de enriquecer la estética escenográfica de la obra, cero –de hecho, ninguno de los otros elementos que la conforman lo hace, a decir verdad–. Pero no se puede negar que el sentido está dado, ofrecido ahí, sobre las tablas.
La historia de Marianela destila odio: odio hacia el abandono y la indiferencia del otro, ese al que se busca para sentir, sino amor, deseo. “Puto, contestame. Puto, te odio. Mirame. Mimame. Cogeme. Acá estoy. ¿Por qué no me querés? ¿Por qué no te gusto?”, empieza a gritar con bronca mirando a un punto a lo lejos, más lejos que el último espectador, mientras lo lleva a él, y a todos los demás, de un lugar común a otro: el de las mujeres que ruegan atención, amor, placer. Y la frustración que eso les provoca. Putea Marianela. Putea a más no poder. Hasta que, de un momento a otro, se hunde en el pozo de la desolación. Ni siquiera puede sacarla de allí el fuerte repiqueteo de los bongós, aunque la hace bailar, saltar y sacudirse en el centro del escenario. Sí, los movimientos, otra vez, dicen lo mismo que las palabras: son vómitos de bronca, descargas de mala onda.
Los teclados vuelven a ganar protagonismo, y el ínfimo hilo de luz que sale de una mesa ratona enfoca la lánguida cara de Rocío, que se sienta frente a ella y juega con unos frascos llenos de arena. Revuelve la arena como revuelve los pensamientos dentro de ella, buscando algo que la haga sentir “que es algo más que nada”. Tercer lugar común que muestra a la mujer cumpliendo todos los mandatos existentes, menos el de su propio deseo.
Los caminos que recorre, entre drama y danza, Me acosté con la cabeza mojada son eso, caminos. Sólo senderos que no llegan a un destino de definiciones. ¿Debe hacerlo, por regla, una obra teatral? No, claro. Pero en este caso, bucear entre lugares comunes sin proponer novedades deja gusto a desazón. Como acostarse con la cabeza mojada y despertar con la melena hecha una masa de cabellos enmarañados.