Por Luis Paz.
Buenos Aires, junio 10 (Agencia NAN-2008).- “Arte sonoro”. Así encasilló Sadaic a Down a conciencia, el debut oficial de Koreagod. Es entendible, teniendo en cuenta la dificultad para definir su sonido, sobre el que alguna vez el autor se refirió frente a este comentarista como “la música que pone un dealer cuando sale de la cocina”. De cualquier forma, Down a conciencia podría perfectamente definirse como neuro-ambient: pop ambient electrónico, neurálgico y neurótico.
Del resquemor a las instituciones de la democracia (“Retrato a cara lavada de una embajada”; “Ciudadanía de mariscos”; “Cerebro de cónsul”) a la pulsión sexual (“Discoteca de manjares”; “Negocios púbicos (cartografía)”; “Experiencia masajista”), pasando por padeceres escatológicos (“Sobrantes de la 3ra edad (terrenos de estiércol)” o “Secreción bronquial”), Koreagod lo pinta todo de amarillo Mc Donald’s, como en el arte de su disco, le mete electropop bien compuesto y lo engloba en un concepto que es tan original como moderno y certero, creando el Down a conciencia, “ese que vive obligado a ser un down”.
Inclusive como objeto, el disco es conceptualmente concreto. Ahora bien, eso no sería de importancia de no tratarse de una obra hilvanada, que puede generar miedo en “Nuestra garrafa”, excitación en “Experiencia masajista”, melancolía en “Tutores de probeta”, y una suerte de encantamiento folk-pop en “Magnífica tonelada”. Lo que fascina es la capacidad de Diego Ginóbili para cranear un circuito de difusión como el que creó, basado en el mismo concepto de la autogestión y la cooperación: “El disco se vende en comercios de amigos porque para mí es lo mismo y a ellos les sirve para poder vender sus cosas, para tener publicidad”.
El arte de tapa, diseñado también por Diego, regala para los que no cursaron con él (ni con sus compañeros de carrera, esos que acaso sigan creyendo que la gelatina viene preparada) su “publicidad transgresora” sobre tapas de empanadas. Pero, en definitiva, Down a conciencia es un disco y, en ese sentido, el punto central del análisis debe ser la música. Y ahí es donde no flaquea el concepto. Desde ya que Koreagod no es músico y eso se nota en composiciones y arreglos forzados, o en temas sin demasiada elaboración, pero también es cierto que es clara la influencia de años de música, y “no música funcional” sino puesta por él.
La capacidad de generación de un amplio abanico de sensaciones, sin el recurso a las letras y con nada más (y nada menos) que música da cuenta de la existencia de un artista sensible y creativo. Claro, las dieciocho canciones, que le dan una duración de 50 minutos a Down a conciencia, difícilmente se conviertan en hits, se roten en radio o enciendan las pistas de baile. Pero ese déficit se convierte en virtud y Koreagod sale airoso, al poder dejar actuar a la libre asociación sonora y despreocuparse de las estructuras de la canción como progresión estrofa-puente-estribillo, logrando aún así buenas piezas.
Sea o no un Down a conciencia, el que interactúe con el disco, de una calidad pareja y muy destacable para un álbum homemade, sentirá alterarse sus sentidos. No tanto desde la psicodelia tradicional como de la experimentación estructural, pero inevitablemente se percibirá el tono épico de “Retrato a cara lava da de una embajada”, un arranque que recuerda al cuelgue que precede a “Shine on (you crazy diamond)”, en su version original de Pink Floyd; inevitablemente, se enfriará la espalda y se erizará la barba con “Nuestra garrafa”; inevitablemente, se percibirán influencias funk en “Pacto de Jacobos”, invitando al meneo.
E, inevitablemente también, se sonreirá al leer el nombre del onceavo tema del disco: “Tengo un amigo con pelo lacio”, un electrocandombe queer tan lacio como el pelo del conocido de Koreagod. Pero lo bizarro es la forma y el concepto el fin. El amigo de pelo lacio de Koreagod es sólo uno de entre tantos que acompañan su vida al margen de la música, esa que le permite hacer un disco “sólo para sumar cosas a la cabeza” y que lo deja exento de la histeria artística, permitiéndole soltar la imaginación para pergeñar una obra única en su especie.