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Discos: “Mamita” (Natalia Lopópolo, 2011)

La purreta, ganadora del certamen Hugo del Carril en 2010, salió de ruleros a cantar en su disco debut, que refresca la escena tanguera, respetando el espíritu del arrabal pero con sonido a nuevo. 
Por Andrés Valenzuela
Buenos Aires, enero 9 (Agencia NAN-2012).- Natalia Lopópolo aparece en tapa con ruleros. Con ru-le-ros, ¿se entiende? Ruleros rosas, además. Mirada sugerente, también. Y adentro…  bueno, mejor no preguntar de qué tela es el pantalón ese que tiene puesto mientras abre la heladera (ordenada). Pero hasta la gráfica kistch del disco llega lo que se le puede objetar a Natalia Lopópolo y Mamita, su primer disco.
Mamita es una de esas maravillas que la autogestión y el esfuerzo arrojan de tanto en tanto. Lopópolo lo lanzó con el respaldo de haber ganado el 18º Certamen de Tango Hugo del Carril, en 2010, donde reveló su voz llamativamente expresiva ante jurado y tangueros de fuste. Y pucha, hermano, qué revelación. Esta muchacha no presume de un caudal de voz de antología, ni suelta esas notas sostenidas que levantan aplausos. Pero no lo necesita: demuestra, en cada canción, una expresividad que pocas voces (casi ninguna) tienen ni en el tango ni en el rock ni en ningún otro género. Al punto que pareciera que cada tema que agarra hubiese sido escrito para ella. No es poca cosa. Menos en el tango, un circuito reticente como pocos a las novedades y los recién llegados.
En su disco debut, la chica de los ruleros (¿y tiene un collar de cadenas allí?) mecha clásicos de la historia del tango (“Parece mentira”, “Bajo un cielo de estrellas”, “Muchacho”, el magnífico “Besos brujos” o el rasposo “Yuyo verde”) y composiciones nuevas de su colega Marisa Vázquez (“Madrugada y soledad” y el fantástico “Gualicho de la luna”). Y absolutamente todas las canciones parecen modernas. ¿Cómo no escucharla cantar “Gorda” sin pensar en el sufrimiento de tantas adolescentes?
Uno de los grandes méritos de Mamita está en la selección de canciones. Los clásicos son –claro– clásicos. Pero no están gastados. No se trata de “Mi Buenos Aires querido”, de “Naranjo en flor” y otros que forman parte del imaginario colectivo que hasta el más profano conoce. No. Son temas que muchos hicieron, pero que no necesariamente figuran en un “top ten” de clásicos tangueros. Y la yapita encantadora de los temas contemporáneos, que recuerdan que uno puede seguir sintiendo el 2×4, aunque cambie el vino por fernet y los muchachos por los amigotes de Internet. 
Allí, uno de los elementos más valiosos a futuro de esta producción, pues conserva el espíritu tanguero, pero suena a nuevo. 
A la expresividad y la buena selección de temas, hay que sumar otra virtud: el sentido del humor. En sus orígenes, el tango tuvo muchas vertientes. Una de esas corrientes se reía de la vida cotidiana. Encontraba en el día a día un espacio propicio para la sonrisa. Curiosamente, los años acentuaron la corriente más nostálgica del 2×4. Esa del fulano abandonado por su mujer, el que extraña “a la viejita”, el piantao por el escabio. Lopópolo recupera la sonrisa. Sigue siendo tango clásico, apto para bailar en cualquier milonga sin firuletes extraños, pero también sin melancolía impostada, disfrutando del bandoneón.
Pese a lo que digan los carcamanes, estos son buenos años para el tango. Y son mejores si los cantan jóvenes como Natalia.