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Hacia el fin en la Ciudad Cultural Konex.-

Con una puesta mínima, el colectivo de danza dirigido por la bailarina Ana Frenkel logra desarrollar el abismo con el que juguetea una persona que enfrenta a los demonios de los vínculos. La compañía Pura Cepa demuestra que un buen espectáculo de danza no tiene por qué estar compuesto de cuadros construidos de perfectas y prolijas coreografías.
Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza Pura Cepa
Buenos Aires, mayo 1 (Agencia NAN – 2012).- “Quiero arrancarme todas las certezas”, repite una y otra y otra vez la mujer, desde el mástil de un barco que naufraga bajo la tormenta de una relación que se desgarra. Antes, su gemido de goce al roce del micrófono culminó en un capullo de llanto. Bailó unos besos junto a él, quien de mimarla pasó a intentar violarla, en un enredo de manos, pies y caderas exquisitamente acompasadas. El derrape de ellos como binomio humano es uno de los tantos que los Pura Cepa disponen sobre uno de los escenarios de la Ciudad Cultural Konex, todos los viernes y sábados, para deambular entre los estados internos y externos por los que transita una persona que camina Hacia el fin de un vínculo amoroso.
La escenografía apostada sobre las tablas negras es mínima. Unas barandas circan el perímetro amputado por la cuarta pared; una mínima escalera permite subir a un mástil ubicado en el extremo derecho (del público). Nada más. Más es innecesario. Porque es el movimiento de los 13 cuerpos que integran el grupo creativo de danza teatro que lanzó, desde la última semana de abril, su segunda puesta en escena desde su conformación, el que construye todo sentido. Son ellos y sus espasmos, sus caídas y levantadas, sus desmayos despatarrados, los que anulan en el espectador toda posibilidad de duda acerca de lo que sucede. A menos de 10 minutos de iniciado el show, la fiesta de casamiento celebrada en un barco a la que todos estaban invitados se va al carajo.
El colectivo dirigido por la bailarina Ana Frenkel (El Descueve) logra desarrollar el abismo con el que juguetea una persona que enfrenta a los demonios de los vínculos. Una mujer que se enfrenta con su parte sensual y desenfrenada, hasta ese momento solo reservada para su hombre. No bien lo piensa, mata a esa fémina rapaz y la estampa contra el suelo, la hace menear y la interrumpe; la envuelve en sus prejuicios y la hunde en un ataque epiléptico. Porque ese estado se baila. Un hombre que aprovecha la calentura de sus pares con féminas jugueteando a lo lejos para sublimar sus ratones con pitos y pelos en el pecho. Una borracha que se deja sostener por dos desesperados; que se regala y se arrepiente, y que finalmente se entrega a la soledad de su alma. Porque, claro, esos transes también se pueden bailar.
Todo sucede de repente. Como alguna de las dos partes de una relación (o las dos) lo sienten no bien los “sorprende” la ruptura. Sin embargo, las víboras aparecen no bien la tapa de los sesos queda en carne viva, con el primer intento de reflexión. ¿Dónde estás? ¿Qué pasó? Vení. Volvé. No te veo. Así no puedo. ¿Estás o no? ¿Estoy o no? ¿Qué quiero? ¿Qué busco? ¿Dónde está el deseo? Las relaciones humanas, la manera en la que los humanos se vinculan entre sí a partir de sus interrogantes, sus dudas, sus carencias, sus miedos. Son disparadores tan amplios como ricos a la hora de expresarlos con el cuerpo, un trabajo que los Pura Cepa supieron despuntar detalladamente a partir de la danza, su origen concreto, y perfeccionar al límite con el agregado de otras disciplinas artísticas, como el teatro y el canto. El resultado nunca puede ser decepcionante.
En poco más de una hora, estos artistas del carajo demuestran que un espectáculo de danza no tiene por qué estar compuesto de cuadros construidos de perfectas y prolijas coreografías, ni estas desarrollarse en cuadrados conjuntos de ochos. Dejan en claro que la excelencia en el arte de mover las cachas consiste en eso: moverlas en toda dirección, acompasando la emoción, la acción y el momento. Sea con un paseé, un deboulé o un meneo de muerte.