Navega, tal como se denomina el espectáculo, es el resultado del cruce entre la multiplicidad interpretativa y la fuerza escénica de Herrero con la solidez y fineza compositiva de Klein.
Por Sergio Sánchez
Fotografía de Agencia NAN
Buenos Aires, abril 10 (Agencia NAN-2012).- Liliana Herrero se sale de la escena y de sí misma. Su voz desafía lo convencional, lo esperado, lo ya oído. Por momentos se olvida de la cuarta pared y cuenta sus pensamientos más internos, lo que se le cruza por la mente. Lo que la apena, la preocupa o lo que simplemente la hace reír o soñar. No teme confesar que olvidó una letra o el nombre de una canción. Pero siempre es solidaria y amable con los autores y músicos que admira y frecuenta. Uno de ellos es Guillermo Klein, un refinado pianista de jazz con quien compartió el jueves, viernes y sábado un ciclo intimista en Café Vinilo. Navega, tal como se denomina el espectáculo, es el resultado del cruce entre la multiplicidad interpretativa y la fuerza escénica de Herrero con la solidez y fineza compositiva de Klein.
En el show, nacido en este espacio porteño –que soporta las amenazas de clausura de la gestión macrista–, el dúo Herrero-Klein “navega” por un repertorio que no se limita a recorrer autores del folklore, el tango y el rock argentinos, sino que desembarca también en la música uruguaya. Como buena entrerriana, la cultura charrúa no le es ajena. Herrero pide permiso y se apropia de las canciones que hablan de nosotros, como argentinos, latinoamericanos y como hombres y mujeres de “este tiempo”. Se trata de “un barrido maravilloso por autores extraordinarios”, define la cantora. Por su inquieta garganta pasan autores de los más variados estilos, pero con un rasgo en común: la vigencia y libertad de sus canciones. No es poca cosa. Fernando Cabrera, Cuchi Leguizamón, Jorge Fandermole, Juan Falú, Hugo Fattoruso, Luis Alberto Spinetta y Lisandro Aristimuño son algunos de ellos.
Si hubiera que encontrar una sensación para resumir el concierto del sábado –el cierre del ciclo–, sería una mezcla entre la nostalgia y la esperanza. Por lo que fue y lo que vendrá. En ese clima, el recuerdo de Spinetta se hizo presente en una conmovedora versión de “Plegaria para un niño dormido” y en un juego experimental más que interesante: los músicos fusionaron los versos y las melodías de “Golondrinas”, de Carlos Gardel, con los de “Las golondrinas de Plaza de Mayo”, de Invisible. “Es una luz eterna, infinita”, dijo Herrero sobre El Flaco. Un rato antes, la dupla sorprendió con los dos primeros temas: “Milonga Triste” (de Piana-Manzi) y “Naranjo en flor” (de los hermanos Expósito). La cantora hizo su propia interpretación del tango y le aportó su histrionismo gestual y la diversidad de colores y registros de su voz. Por el mismo matiz pasaron después “Zamba del arribeño” (Soria-Falú) y la exquisita “Dulzura distante” (F. Cabrera).
Uno de los momentos más altos del show llegó cuando subieron a escena los músicos invitados: el guitarrista y productor Alan Plachta y el trompetista Richard Nant. Plachta acaba de publicar el disco Colectivo Argentino Uruguayo, un trabajo que reúne músicos y compositores de ambas orillas del Río de la Plata y que le encuentra nuevos sentidos a viejas –y no tanto–canciones. En ese disco Herrero le puso su impronta a “Recordándote”, de Alfredo Zitarrosa, canción que no podía faltar en vivo. Tampoco faltaron las composiciones más representativas de Klein: “Curandero” (Herrero aquí se sirvió del estribillo para jugar con sus matices vocales) y “Eternauta” (“Un estado, una memoria, una vibración del alma”, lo definió la entrerriana), un homenaje al viajero del tiempo creado por el escritor desaparecido Héctor G. Oesterheld.
Sucede algo curioso con Herrero: nadie niega su talento ni su personal forma de interpretación, pero su obra no consigue –por desatención de otros, no por falencias propias– atravesar ciertos márgenes y llegar a espacios masivos (como Cosquín Folklore, por ejemplo) en los cuales “hay que estar” para conseguir legitimidad. Eso, por su puesto, no le quita ningún mérito artístico. Al contrario: la coloca por fuera de los modelos musicales estandarizados y convierte su obra en una experiencia siempre seductora y sugerente. Se podría decir que sus canciones conservan el aura de autor. Cada interpretación es una relectura de la pieza original, nunca una copia o un cover. Y eso se puso en evidencia también con la última canción de la noche: «La Pomeña», del eterno Gustavo “Cuchi” Leguizamón.