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“en el canto vuelco lo que soy”

mery murúa

Mery Murúa se conecta con los espíritus y trae a este plano a Atahualpa Yupanqui. De su voz se catapultan esos versos despojados de vaquitas ajenas y penas nuestras. “El arriero”, del gran trovador y guitarrero bonaerense, se hace presente en el Encuentro de San Antonio de Arredondo, en el Valle de Punilla cordobés. Frente a ella, miles de hombres y mujeres se emocionan, cantan, se abrazan, se entregan y se reconocen parte de algo maravilloso. Un acontecimiento ajeno a los radares del marketing, pero apropiado por un movimiento de cuerpos despiertos y con ganas de encontrarse en el idioma de la música, la danza y el arte. El segundo fin de semana de cada diciembre, desde hace 26 años, se realiza este encuentro de puertas abiertas, con entrada gratuita, que reúne a bailarines, músicos y todo aquel que quiera compartir y celebrar la creación artística colectiva. De boca en boca, sin sponsors ni difusión de prensa, el Encuentro de Arredondo se va convirtiendo en un espacio mítico, pero a la vez va dejando de ser un secreto a voces. Al mismo tiempo, es una buena fotografía del presente de la canción de raíz que emerge en el under folklórico.

 

“En San Antonio todos somos lo que somos, damos lo que tenemos y recibimos en igual proporción. Es un encuentro que todo el mundo tendría que curtir en algún momento. Es compartir, es solidaridad, es encuentro, es danza, es música, es todo en un solo lugar y con una intención de preservación de nuestra especie más autóctona artística”, dice Murúa ahora, en este mayo agitado y de visita por Buenos Aires. “Es un espacio de pertenencia en donde nos reconocemos como una tribu que canta, baila, compone, pinta, que hace teatro. Es un templo a donde nos reunimos a celebrar que pertenecemos a un tiempo. Cada abrazo que me llevo de San Antonio tiene una razón, no es al pedo”, resalta la cantora y a la vez refleja un pensamiento colectivo. Un sentir y un decir de una generación de artistas que se están reencontrando con la poesía, con el canto profundo, con los maestros y con las señales de su tiempo.

 

Mery Murúa nació en Cruz del Eje, Córdoba, en 1975. Estudió canto de manera particular, pero no tuvo una formación académica. “No estudié canto lírico, pero si voy nutriéndome de muchas corrientes. Me gusta tomar clases esporádicas con alguien que me llame la atención, pero no que sistematicé el estudio de la voz”, confiesa quien vive en Córdoba capital desde 2005. Sin embargo, estudió guitarra en el Conservatorio Provincial Luis Gianneo, aunque no es un instrumento que haya desarrollado en su música. “Empecé a pensar en la música como un vehículo que me podía acercar a un modo de vivir después de 2006, cuando empecé a tocar con Horacio Burgos (reconocido guitarrista y director musical). Ahí fue cuando sentí la necesidad de grabar un disco, de plasmar en una obra lo que estaba haciendo. Pero en términos temporales, hace poco tiempo me dedico a la música de manera profesional”.

 

Su herramienta fundamental es la voz. Su canto se caracteriza por combinar dulzura, calidez y potencia. Y por continuar por esa línea estética que tal vez tiene a Mercedes Sosa como nombre más fuerte. “Cuando era chiquita, me preguntaban qué quería ser cuando fuera grande y decía ‘cantora’, no ‘cantante’ –dice-. Y nosotros que nos críamos en una época post-dictadura, el término dejó de tener quizás una validez. En los noventa nos bombardearon la cabeza con un montón de cosas de otros lados. Pero cuando apareció el disco Cantora (2009), de Mercedes Sosa, se reivindicó una posición frente al canto de la mujer argentina. Es un concepto que engloba a la mujer trabajadora de la música popular, la mujer compositora, la que canta e interpreta sus coplas y las obras de otros. Las cantoras somos una usina de conservación del cancionero popular. Me siento parte de este colectivo de mujeres cantoras argentinas”.

 

Murúa, entonces, retoma un canto tradicional argentino y a la vez desplaza sus límites hacía otras geografías. Actualiza voces de la canción de raíz y las traduce con un lenguaje propio y de su época. “A mí me gusta pensar al folklore como una música del mundo. El Chango Spasiuk lo ha logrado bastante mezclando ritmos del Litoral con armonizaciones distintas. Por eso, cada versión que hago es una mirada que tiene que ver con cómo me suena”, sostiene. “Hago las cosas intuitivamente y no le pongo mucho énfasis a cómo puede llegar a caer. Porque es lo más genuino de mí; en la interpretación vuelco todo lo que soy, todo lo que pienso y cómo siento la música. Entonces creo que no tiene ninguna posibilidad de caer mal, porque es lo que soy, sin faltar el respeto, sin modificar la obra en trazos generales. Pero hay un espacio que dejan los autores a los arregladores y directores musicales que es constructivo, no destructivo”.

 

 

Hace algunos meses, fue seleccionada para ser la voz tanguera en la Orquesta de Música Popular del Teatro San Martín, de Córdoba. “Tengo un concepto muy amplio con respecto a la música argentina”, enfatiza. “Y, además, Córdoba es un punto neurálgico entre todas las regiones por dos situaciones: por su ubicación geográfica y por la Universidad de Córdoba, que es una de las más antiguas y llegan personas de todos lados”.

 

“Me bajé como siete paradas antes en el subte, me tomé un colectivo que iba para otro lado, pero de a poquito voy mejorando”, bromea Murúa con ése humor tan cordobés. Acaba de llegar a Buenos Aires para presentar acá las canciones de su último disco, Sal (2016), grabado en vivo pero con un repertorio distinto a los dos anteriores: Mery Murúa (2010) y Acacia (2013). Con la dirección musical del guitarrista Horacio Burgos, se trata de un disco con un notable trabajo arreglístico y una delicada interpretación musical, que va de la nostálgica voz de Murúa hasta la generosa armónica de Franco Luciani o la inquietante flauta de Mono Izarrualde. “Franco engrandece lo que yo quería decir con la versión de ‘Que seas vos’”, dice sobre la zamba de Marta Mendicute. El repertorio elegido es un viaje emotivo por su infancia. “Todas estas canciones, salvo las que son de mi autoría, tienen que ver con esos momentos. Me las enseñaron mis tías, mis primas, mis hermanas, mi vieja, mi abuela. Entonces, es la evocación a ese tiempo. Son todas canciones que canté y aprendí cuando era muy chiquita”, explica.

 

Se refiere, por ejemplo, a “Resolana” (Eduardo Falú-Jaime Dávalos), “Río rebelde” (Cholo Aguirre-Roberto Uballes), “Te recuerdo Amanda” (Víctor Jara), “Aroma del lugar” (Emilio del Guercio) o ‘Luna de Tartagal’ (Chango Rodríguez), que cuenta con un original arreglo flamenco y la participación de la cantaora Nora Rodríguez, del grupo Alma Mora. “Sal, el nombre del disco, hace alusión a este límite geográfico natural que hay entre la provincia de La Rioja y Córdoba, que es la punta de las Salinas Grandes. Es el límite donde todo termina o donde todo nace. Mi vieja era de Milagro, La Rioja”, revela. Después, hay tres composiciones suyas, inspiradas en sus raíces y en sus frutos: “’Sal’ evoca a un aire de chaya, y ‘Mandarino’ y ‘Tu mama calma’ son la continuidad del canto de las voces femeninas de mi familia. Soy ahora el eslabón que une ése canto con mi hija, Violeta, que es la última de la cadena”, dice y va más atrás. “Mi vieja Julia y mi abuela Vicenta cantaban. No lo hicieron profesionalmente, pero tengo el canto de ellas en el oído. Hace poco visité a una tía que tiene arteriosclerosis y no reconoce a nadie. No tenía ni una posibilidad de dialogar con ella, no me reconocía. Entonces, nos pusimos a cantar. ¡Cantamos ‘Nostalgias’ y se acordó toda la letra! Fue maravilloso porque nos encontrarnos en el canto. Ella me contó que lo que más amaba era cantar, algo que nunca me había dicho”.

 

—¿Cómo es la historia detrás de “Tu mama calma”?
—Fui mamá muy joven, a los 20 años, de Juan. Y después me tocó ser madre a los treinta y pico. Entonces, mi maternidad en los dos momentos fue muy distinta. Primero por ser madre de un varón y después por ser madre de una nena. Y también por una cuestión cronológica. Entonces, me tocó ser mamá de “la Violeta” en una etapa en la que pude disfrutar mucho de la maternidad. Pero cuando dejó la teta sentí una angustia muy grande. Y eso se tradujo en una canción. No me considero cantautora, pero hay momentos en los que puedo decir las cosas solo de una forma: a través de una canción, una letra o una melodía. Entonces, cuando eso viene, le doy lugar. Es un modo de sacarlo afuera. Fue una forma de mitigar esa angustia. Roberto Cantos (del Dúo Coplanacu) me ayudó con una frase que dice ‘es un adiós nomás, tantos que tiene un trecho’. Después la canción se tomó como un himno cuando empezaron con esa locura de que era exhibicionismo dar de mamar en la calle. Quisieron también quitarnos ese derecho.

Junto a tres destacados músicos generacionales, los cordobeses José Luis Aguirre, Juan Iñaki y Paola Bernal, le dieron vida a una gran juntada llamada Palabración de la Tierra, que se presentó en las ediciones 2015 y 2016 del Festival de Cosquín. La idea, a grandes rasgos, era llevar a la Plaza Próspero Molina nuevas canciones, reivindicar la poesía y el silencio entre tanta estridencia y plantar bandera para decir ‘acá estamos’. La fotografía de ese momento y esa necesidad quedó retratada en la canción “Los pájaros de Mattalia”. “Somos cuatro personalidades que en su momento pudimos hacer Palabración. Nos juntamos porque ése momento lo requería. Cuando subimos al escenario a cantar ‘Los Pájaros…’ necesitábamos como artistas independientes decir lo que considerábamos en un momento donde todo se iba al carajo”, recuerda Murúa. “Tomamos la palabra y nos hicimos eco de lo que pensaba todo el colectivo del que somos parte. Fuimos solo la cara visible de un sentir que de alguna manera marcó un punto final para una forma de gestionar que ya era abusiva. El festival de folklore de Cosquín es nuestro, es de Córdoba, es nuestra Chaya, nuestro carnaval. Y si los artistas de Córdoba, los trabajadores de la cultura, no decíamos lo que teníamos que decir, ¿quiénes y cómo lo iban a decir? Ese fue el inicio de Palabración y lo sostuvimos por el tiempo que lo consideramos necesario. Fue una hermosa experiencia, pero es difícil juntar cuerpos como los nuestros”, se ríe.

 

—Si bien en las últimas dos ediciones el festival de Cosquín le abrió las puertas a nuevas camadas de músicos, lo que pasa en los encuentros como el de San Antonio de Arredondo tiene otro espíritu, ¿Cómo ves ese diálogo?
—En una nota de Radio Nacional me preguntaron si creía que era necesaria la presencia de más músicas mujeres en los grandes festivales de folklore y la verdad es que no sé. El festival tiene una genética y no quisiera ponerme en la tarea de cambiarla si eso hace feliz a un universo de gente que vincula los festivales con un modo de vivir la música popular. Lo que yo haría es invertir más tiempo, cabeza y energía en sostener y crear nuevos espacios de encuentro como el de San Antonio. Son espacios distintos. ¿Por qué hay que copar y ganar? Hay que proponer y sostener otros espacios. Yo no reniego del festival de Cosquín, por ejemplo. No sé por qué tendríamos que insistir en cambiar la génesis de algo que se gestó tal vez como un modo de entretenimiento. Hay mucha gente que adhiere y está bien. En cuanto a los encuentros, en Córdoba estamos a la vanguardia de la cosa y somos los gestores de un movimiento. Están el Encuentro del Pantano, el de Luyaba o el de Cantautores de Alta Gracia, entre muchos otros. Este tiempo marca eso. En este colectivo cultural y de trabajo somos los que vamos a sostener quizás un movimiento que va a dar otro sentido a muchas cosas. Es un rol que tenemos que cumplir.

*Mery Murúa presentará Sal mañana viernes 5 de mayo a las 21 en el CAFF, Sánchez de Bustamente 772.

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