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“en el folklore está muy presente el machismo aún”

milena salamanca

Foto: Diego Nucera.

Bar de San Telmo, septiembre. Buenos Aires amaneció ventosa y fría. Milena está un poco resfriada. No pide nada para tomar. Al principio se la nota tímida, pero después se suelta. Es simpática y se ríe como una niña. Sus ojos rasgados están llenos de memoria. Acaba de llegar de La Plata, donde vivió toda la vida. Dentro de 40 minutos tiene que entrar a un ensayo con la compañía de danza Pucará, en un espacio llamado Circo del Aire que está a 50 metros del bar. Pero la charla se extiende por una hora y media. “No hay problema, avisé que iba a llegar más tarde”, dice, relajada y segura. En julio cumplió 23 años, pero demuestra una madurez atípica para su edad. Se está buscando, está soltando algunos mandatos sociales y familiares, pero está convencida que lo suyo es la música popular. Una música de raíz andina que brota desde su sangre, desde una memoria ancestral.

 

 

 

 

Milena Salamanca nació en La Plata. Su vínculo con la música de raíz folklórica se tejió desde la panza de su madre o quizás antes. Primero apareció la danza y más tarde descubrió que podía expresarse con el canto. Todo, en realidad, comenzó con un juego en la peña familiar La Salamanca, ubicada en 10 y 60. “Cuando sos chiquita a veces sos un estorbo. Yo jugaba un montón en la peña, tiraba las mesas, era un desastre”, cuenta y se ríe de ella misma. “Y fui creciendo, pero recuerdo que siempre me subía al escenario. Hay fotos de cuando era chiquita, que mi papá tocaba y yo subía al escenario, con mis cachetes grandes. Cuando empecé a crecer, mi viejo le dijo a mi mamá y a mi abuela que no me subieran más al escenario, para no exponerme y cuidar mi niñez. Y yo, en un punto, sufría porque sabía que quería estar ahí, lo pedía todo el tiempo”. Al poco tiempo, volvió a las tablas, pero ya como bailarina. El juego empezaba a convertirse en algo más.

 

 

Desde chiquita, todos los años viajaba a Jujuy. Hasta los 14 fue de manera ininterrumpida a los tradicionales carnavales jujeños. Dos años después volvió a ir, pero como cantante de Los Duendes de la Salamanca, el grupo de su papá. “El hecho de viajar siempre a Jujuy tenía que ver con mi abuela. Yo era un poco la preferida. Mi abuela siempre me crió desde el amor, desde un sentido súper maternal. Compartió no solo sus costumbres culturales andinas, sino también la religión católica. Ella era boliviana, de Sucre, y mi abuelo de Potosí. Pero vivían en Jujuy, los dos ya murieron. En el norte está muy amalgamada la cultura antigua con la religión católica. Cuando sos chiquita no lo ves, pero de grande vas entendiendo otro tipo de cosas. Estoy muy vinculada a la raíz cultural. En la actualidad, la palabra “folklore”, en distintos estudios, tiene contenidos más europeos. Sería más bien música popular de raíz a lo que yo estuve todo el tiempo vinculada”.

 

 

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Foto: Diego Nucera.

 

 

Milena es la segunda de cinco hermanos. Su mamá, Adriana, es de Colón, Buenos Aires. Y su papá, Luis, es de Maimará, Jujuy. “Mi mamá se recibió en una escuela de danzas folklóricas de La Plata. Fue a estudiar arquitectura, pero terminó en el folklore porque se dio cuenta que era lo suyo. Ahí conoció a mi papá y hasta el día de hoy están juntos”. Luis, músico autodidacta experto en vientos andinos y saxo, vive en la ciudad de las diagonales desde los 17. En los primeros años de democracia, empezó a gestar peñas y movidas culturales. “Se dio cuenta que podía potenciar el movimiento folklórico cultural y le empezó a dar al provinciano esa veta de encontrarse con lo suyo en una ciudad. Y funcionó. El hacía peñas grandes y traía a músicos que ése momento eran furor, como Los Santiagueños, Dúo Coplanacu, Los Manseros Santiagueños y músicos de Jujuy”, recuerda. “Sé que tengo la peña como herencia y sé que el día de mañana mis hermanos y yo tendremos que hacernos cargo. Pero no quiero vivir de la peña.”.

 

 

Es que, desde hace algunos años, se fue a vivir sola y “soltó” un poco la peña familiar. “Fue la decisión de decir ‘no’ a algo para decirle ‘sí’ a otra cosa y hacerme cargo de un montón de cosas que quería para mí. No podía hacer oídos sordos, porque sino iba a ser infeliz. No quiere decir que la peña no me guste. Pero me di cuenta que si me quedaba ahí no iba a poder aprender y conocer otros lugares del país. Me refiero a no estar todos los fines de semanas ahí, no significa que no vaya. Ahí atendés al cliente, hacés la producción, entre otras cosas. Puse mucha energía. Pero mi energía llegó hasta un lugar, pero en un momento decidí utilizarla para otras cosas. Y ahí salió el disco.”

 

 

Gracias a la sugerencia de su padre, empezó a estudiar música a los 9 años. Su formación, entonces, estuvo atravesada por la peña, el estudio del piano y la música que le gustaba. “Entiendo hoy que sin el estudio no estaría donde estoy. El estudio me dio las herramientas que hubiera tardado años en conseguir. Una cosa es aprender a cantar de manera autodidacta e irte largando y otra aprender la técnica primero y después largarse a cantar”, dice y al mismo tiempo no desconoce la tensión entre la academia y la música popular. “En la escuela de Bellas Artes de La Plata, donde estudiaba piano, no me enseñaron a tocar música popular, me enseñaron a tocar música clásica, europea, de la Edad Media, a leer partituras y a escribir, pero cuando quería tocar música popular no me salía. Quería tocar una chacarera, sabía el ritmo, pero no me salía y era frustrante. ‘¡No sirvo para esto!’, pensaba. Y en ése entonces, empecé a cantar. Entonces, me saqué las ganas de hacer música popular cantando. Como mi satisfacción de hacer música la estaba logrando con el canto, dejé la escuela en el tintero. Pero, de todos modos, el piano es una herramienta que me sirve mucho para comunicarme con mis colegas”.

 

 

¿Y qué te pasó con el canto?
Cantar es todo un tema, conlleva sacarte la vergüenza, tener otra fortaleza, otra presencia. Siempre, no sé por qué, pero en una banda el que se lleva todo el rédito es el cantante. No pensé que iba a estar a donde hoy estoy con el canto. No fui a estudiar siendo consciente de que quería cantar profesionalmente para el resto de mi vida. Se fue dando. Me di cuenta que podía hacerlo y me sentía cómoda. A los 16 empecé a cantar, a los 17 entré a Los Duendes de la Salamanca. Luego se separan y me hago solista. Y pasa lo de Cosquín a los 18.

 

 

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Foto: Diego Nucera

 

 

Más allá de sus desequilibrios, el Festival de Cosquín es un territorio de oportunidades, una caja de resonancia para los músicos. Resulta que en 2012 Milena ganó como revelación de Cosquín y tuvo que hacerse cargo de lo que implicaba. En cierta forma, era una señal de que iba por buen camino. “Participé del pre-Cosquín de José C. Paz y me rebotaron. No me quedé conforme, tenía una corazonada. Entonces, con la banda nos presentamos en la sede de Alejandro Korn y quedamos seleccionados. Le presto mucha atención a mi intuición”, dice y suena creíble. “Fue insólito ganar la revelación. ‘¿Y ahora qué voy a hacer?’, fue la pregunta que me hice durante dos años. No estaba preparada, ni yo ni mi familia. Tardé cuatro años en sacar mi primer disco, hubo un proceso de maduración humana y en la voz. El apuro de hacer un disco de parte de la gente que me rodeaba era fuerte. Estaba rindiendo mi último año, estudiaba otras cosas y tenía mi energía enfocada en distintas cosas. No quiere decir que no quería cantar, sino que al no tener mi energía enfocada en una sola cosa, se dispersaba. El hecho de haber cantado en Cosquín, ya me hacía feliz. Todo lo demás no lo busqué, vino y lo agradezco. La situación de haber ganado me confirmó que podía cantar y me tenía que hacer cargo de eso. Si al talento no lo pulis, queda ahí. Por eso, seguí estudiando y empecé a ver hacia dónde ir, cuál era el camino, qué quería yo de verdad. Hoy en día ya sé todo lo que quiero, cómo lo quiero, dónde lo quiero, hacia dónde”.

 

 

 

 

A comienzos de este año, salió finalmente su disco debut, K’arrallanta, un trabajo delicado (con preciosos arreglos de guitarra y vientos), con un repertorio consistente y un sonido impecable. La interpretación vocal de Milena quien también se ocupó de la dirección artística es el punto sobresaliente del disco. Su voz combina la fuerza vocal del canto ancestral y al mismo tiempo suena muy presente. El repertorio está centrado en los ritmos andinos, pero también se abre a la música latinoamericana. De esta manera, conviven versiones inevitables de “El surco” (de la peruana Chabuca Granda), “Run run se fue pal norte” (Violeta Parra) a dúo con Bruno Arias, “Duerme negrito” (recopilación de Atahualpa Yupanqui) con piezas andinas como “Jujuy mujer” (un clásico de A. Carrizo y Néstor Soria), “Valicha” (Miguel Hurtado), “K’arallanta” (motivo popular de Bolivia), “El tinku” (Víctor Jara) y “Lágrimas” (caporal anónimo de Bolivia) junto a Tomás Lipán (“mi padrino musical”, dice), entre otras. “Con este disco empecé a encontrar mi origen. Y encontré la manera de enfocar mi fe en el universo, en lo espiritual, en lo real de la energía. Y hay cuestiones de la etimología andina que hasta hoy las conservo”, cuenta. El proceso del disco fue más largo de lo que pensaba. Entró al estudio a fines de 2014. “Tardé un año y pico, pero fue muy satisfactorio. No paré de llorar cuando salió. Transito cada etapa de la manera más tranquila posible, sabiendo que hago lo que quiero. Lo que no me hace feliz, lo dejo”. Ahora se va a relanzar por el Club del Disco.

 

 

 

 

Pero como todo está en movimiento. Y la juventud es inspiradora, Milena ya tiene otro proyecto en manos. “Ya estoy empezando a hacer un segundo disco”, dispara y larga una risotada. “Va a ser doble. La idea es que uno siga la línea del primero, más vinculado con los autores latinoamericanos. Y el otro sea de música argentina. Como también soy bailarina, siempre busco zambas, chacarera y gatos. Y me gusta cantarlas. Entonces, el disco está dividido en regiones y autores. Hay un tema de Lila Downs y dos temas cubanos. Y así fui por cada país que podía aportar algo. Y en cuanto al otro estoy en la investigación de proponer un repertorio nuevo, o mitad antiguo y mitad nuevo, con composiciones de Javi Caminos y músicos under. Ya empecé a trabajar con los productores y el año que viene voy a empezar a grabar. El nombre tiene que ver con la fe. Se va a llamar Universos paralelos”. Como solista, tuvo la suerte de ir a tocar a Colombia, Venezuela, Chile y varias veces a Perú.

 

 

¿Para la mujer es más difícil insertarse en el circuito folklórico, sobre todo en el más tradicional?
Hoy en día no tanto, pero si existe siempre el prejuicio de porque sos mujer estás un nivel más abajo que los hombres. Es una cuestión de género. En el folklore está muy presente el machismo aún. Por suerte, tengo el respaldo de que lo conocen a mi papá, entonces me respetan. Y si no está, lo impongo yo. A veces pasa que por querer ir a cierto lugar tenés que someterte o transar con ciertas cuestiones que no están buenas. Hay que romper con eso. Hasta me costaba entender por qué la mayoría de los músicos que me rodeaban eran hombres. Te ven mujer y te ven débil. No me considero feminista, pero no me someto al machismo.

 

 

¿A qué músicos considerás pares, que están diciendo o buscando cosas similares?
-Más que nada, me baso mucho en las experiencias. Valoro más el hecho de haberte conocido primero y después a tu música. Con Javier Caminos, por ejemplo, crecimos juntos. Con Charly Palermo y Pablo Vignati también. Los artistas que admiro son con los que cotidianamente me llevo y he logrado compartir. Son todos de distintos niveles en reconocimiento. Tuve la oportunidad de compartir con Suma Paz, Melania Pérez, Illapu, Jaime Torres, Raly Barrionuevo y Che Joven. O Luciano Cañete, Dúo Heredero, Los Chaza, Seba Cayre, Juanjo Abregú, muchos de los que están en La Plata. Somos la nueva camada de músicos folklóricos que estamos presentes. En la peña vi pasar a muchas artistas. En Cosquín, donde también hacemos la peña, sentís que podés ser parte de esa nueva camada.

 

 

* El 3 de diciembre despedirá el año en La Plata en el auditorio Bellas Artes, Diagonal 78 y Plaza Rocha.

 

 

escucha@lanan.com.ar
 

Nº de Edición: 1667

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