
Por Facundo Desimone
“No soy elegante, no tengo un futuro brillante en este país.” “En el parque” se llama la canción que Mi Pequeña Muerte esgrimirá en un momento de la noche como estandarte de batalla. Pero todavía falta para eso. Ahora, el cronista camina luchando contra las estalactitas de hielo invisible que se clavan en la piel como sanguijuelas desquiciadas o pequeños puñales pigmeos. No obstante, la noche se presenta despejada y tranquila en el barrio de Caballito. Demasiado tranquila quizás, si se tiene en cuenta que es la primera de un fin de semana largo, el pasado. La información es precisa y certera. Además tocarán Los Reyes del Falsete y Lache en Viejo Correo. En el aire flota implícita la promesa de una gran fiesta.
Alrededor del año 2000 empezaron a juntarse en la casa de Julián Perla, guitarrista y cantante de Mi Pequeña Muerte, en la ciudad bonaerense de San Martín. Germán Perla, baterista, y Julián Merlino, guitarrista, pasaban horas “grabando canciones en una portaestudio, jugando y aprendiendo”, comenta Julián. “De esas grabaciones nació nuestro primer disco, Hospital.” Después el cantante se fue de viaje, esas grabaciones empezaron a circular y llegaron las primeras invitaciones para tocar. Decidieron editar el disco y salir a dar vueltas. Y ya no pararon más. El estilo que hace esta banda es un poco difícil de definir. No son de los que se dejan encasillar libre y cómodamente. Para los amantes de etiquetas y marcadores de fibra negros, podríamos decir que se trata de un rock & pop indie o rock alternativo, o simplemente estas cuatro letras: erre-o-ce-ca, más varios signos de exclamación.
“En el último año estuvimos en Córdoba, Rosario, Santa Fe, Rafaela, Bahía Blanca, el Gran Buenos Aires, Mendoza y Chile”, asegura Julián. “Ahora nos queda una gira por la costa en primavera y también estamos planificando un show largo para presentar todos nuestros discos en una noche, una locura que tenemos en mente hace un tiempo y esperamos poder llevar a cabo en octubre”, agrega. El Viejo Correo no tiene ningún cartel que indique su nombre. Presenta una fachada con las paredes pintadas de negro y hay que deducir que se trata del lugar correcto por la coincidencia de la chapa catastral con la dirección anunciada. El comienzo del recital se anunciaba para las 23. Son las 22.59. Adentro no hay más que diez personas. Lache, que cerrará la fecha, prueba sonido. Un gigante que lleva un buzo con la leyenda “prevención” se acerca. “El boliche está cerrado, abrimo’ en uno’ minuto’”, invita cordialmente a retirarse a los pocos curiosos que merodean. El cronista no tiene más opción que irse a dar una vuelta.
“Para sentirte bien hacé lo que querés, mirá lo que llevás, soltá las piedras”, arranca un rato después Mi Pequeña Muerte con “Los animales”, tercer tema de su último disco, El triunfo de la paz. La banda tiene la potencia de un rayo que cae sobre el mar. Suena clara y prolija, y la distorsión de las guitarras no molesta en los oídos. El bar, con capacidad estimativa para 300 personas, está a tope. Todos jóvenes de entre veinte y trentilargos vestidos según la moda indie. El escenario recuerda la puesta en escena de la obra de teatro Cineastas, de Mariano Pensotti. La pared del fondo del local está dividida en dos. En la parte inferior hay una barra y un agujero con unas cortinas a través del cual la gente puede dirigirse a los baños. Arriba, como si fuese en otro plano de la misma realidad, toca la banda. El cantante, que es alto, tiene que agacharse un poco para no chocar con el techo. Entre él y el bajista, sentado en el entrepiso, hay un flaco con elementos de percusión.
“Che, ¿no me prestás un par de mangos para comprar una birra?”, pide un individuo que alega llamarse Jonathan, tener 21 años y ser estudiante de cine en el IUNA, mientras desde arriba del escenario llegan los compases de “La misma calle”, tema de Un futuro brillante, tercer trabajo de la banda. También cuenta que, junto con su novia, siguen al ensamble desde hace años, que les transmite muchas sensaciones diferentes y que una vez lloraron de felicidad mientras escuchaban uno de los discos en un colectivo. Recuerda haber conocido Mi Pequeña Muerte a través de una película, Como un avión estrellado, que cuenta con soundtrack de la banda. También confiesa que espera “una noche misteriosa, con muchísima buena vibra”.

Pasan cosas raras mientras la banda toca. Hay gente que baila, en pequeños grupos. Otros parecen prestarle más atención a la música, reflexivos, sesudos, inamovibles. Algunos charlan como si se hubieran encontrado de casualidad en un bar o en la calle. “Nena, si tuvieras donde irte, no estarías acá”, dice el tema “Fuera de anestesia”, primer track de El triunfo de la paz. “Hay una parte de la banda beatlemaníaca, otra fervientemente stone, otra selváticamente jamaiquina y otra idealistamente punk”, explica el cantante. “Es un viaje permanente entre esos tópicos, con todo lo que hay en el medio y más allá también”, amplía, mientras entre el público un hombre parece llevar a cabo una performance en la cual habla e interactúa con un cajón peruano como si fuera un ser humano.
También entre el público se encuentran los chicos de Los Reyes del Falsete, disfrutando del recital de sus colegas mientras terminan de confeccionar los últimos detalles de la lista de temas y adelantan que el de la fecha será un show completamente electrónico. “Es que venimos del futuro y allá sólo hay enchufes de cuatro patas”, bromea el bajista Fraga Roll. “Venimos del futuro a traerles un mensaje, pero nos olvidamos el mensaje.” Por otro lado, Tifa Rex, baterista de la banda, afirma que el motivo del set electrónico se debe a que Nica, uno de los guitarristas, “se rompió el meñique jugando al fútbol”. Mientras, arriba del escenario, Perla arenga a su público antes de tocar uno de los últimos temas. “Ahora viene uno del primer disco”, y se refiere a “Desalineado”, décima canción de Hospital. “Pueden bailar como locos entre ustedes, conocerse, pasarse los WhatsApp”. Ése es el tema que cerrará la fecha, un set corto pero eficaz como una trompada al plexo solar, un repaso de altísimo voltaje por la discografía de la banda.
Hay una sensación de paz lisérgica en el ambiente. Como si la música, combinada con las luces del local, la energía amigable de la gente y las proyecciones lumínicas que se estrellan contra la banda, creara un clima de armonía. Da la sensación de que todos se conocieran de toda la vida, o de otras quizás. “In heaven everything is fine”, canta en el recuerdo y en blanco y negro una muchacha con los cachetes inflados, desde los anaqueles de un viejo celuloide. Y sí, la promesa de “una gran fiesta” no ha sido rota. “A los jóvenes que quieran empezar con una banda nueva les recomendaría que vuelen sin mirar hacia abajo, no esperen nada de nadie y disfruten del paisaje y las melodías”, aconseja Perla, en el punto más alto de la noche.