/Archivo

Un par de moneros más

MONA_ENTRADA2
El Dios del Cuarteto dio un recital en José C. Paz. En la caravana hacia Tornado, un cronista de NaN y un bebé en la panza se convirtieron a la fe de su tunga tunga. Ilustración: Nahus (Blogger)

Por Gonzalo Bustos

La música se escucha, no se ve. Así dijo Andrés Calamaro hace algunos años en una entrevista. Ahora y acá, sobre ruta 8, dentro de un boliche gigante repleto de bolas espejadas y gente, aquellas palabras de El Salmón son contradichas. Acá lo que importa es ver. Clavarle los ojos a ese hombre de rulos negros y rostro animal que mueve la pelvis escupiendo sexualidad vencida al ritmo de un género que lo tiene como máximo exponente. Bah, qué máximo exponente: Carlitos “La Mona” Jiménez es el Dios del Cuarteto. Y los que debajo del escenario se empujan son sus feligreses. Ahora y acá todos están en comunión mientras suena una canción que apenas se escucha y que repite como una verdad indiscutible que los que forman parte de esta liturgia son marginales.

La Mona Jiménez es uno de los pocos hombres del país capaces de movilizar una multitud ciega detrás suyo. El Indio Solari se encuentra al frente de esos tipos endiosados por las masas. Andrés Ciro Martínez es otro. Con el show que dio en abril junto con Los Persas en Ferro resucitó los rituales piojosos enterrados en 2009 bajo el césped llovido del Monumental. Lo que diferencia al hombre de Córdoba de los dos rockstars no es sólo el estilo musical sino el modo en que su masividad se constituye. Mientras el ex Redondos toca una vez por año en medio de un descampado en las afueras del mundo y convoca 120 mil almas desamparadas, y el ex Piojos clava unos cuantos estadios porteños que llena de comodidad y pantallas led, La Mona hace bailar una provincia todos los fines de semana, de jueves a domingos, convocando a más de 15 mil personas en cuatro días. Se pasea de baile en baile, de a uno por noche, al son de su tunga tunga. Y dos veces por año, cuando no tres, se toma un avión un miércoles y moviliza a sus seguidores “porteños” hasta Tornado.

Tornado Bailable, la catedral que elige Jiménez para presentarse en la provincia cardinal del país, queda sobre ruta 8 a la altura del partido de José C. Paz, en el conurbano, en el margen de Buenos Aires. Hasta allí llegan de todos lados del cordón. Las banderas que cuelgan en los vips lo indican. Los trapos son el presente: San Martín, Morón, San Miguel, La Matanza, Hurligham. Adornan un boliche inmenso en el que miles de cuerpos sudados y en zapatillas saltan. Acá el cuarteto no se baila ni se escucha: se mira y se poguea. Esa parece ser la principal diferencia respecto de lo que pasa en Córdoba.

—Allá la gente baila. Acá están todos desesperados, se empujan —dice Yanina, una cordobesa que clavó doce horas de colectivo para estar acá—. Es la primera vez que vengo a Buenos Aires y nada que ver con lo que pasa allá. Acá parece un recital de rock. No me gusta.

CARAVANA DE PASIÓN

Anoche no durmió y ahora va por una siesta que no podrá conciliar. La ansiedad por volver a ver al ídolo le quita el sueño; entonces se levanta, se pega una ducha, chequea que esté todo: billetera con entrada y guita para la nafta, un par de remeras en la mochila (de Gimnasia & Esgrima La Plata, el otro gran amor), bizcochos, equipo de mate y el pendrive con temas de La Mona. Hoy no se escucha otra cosa.

Albano vive en un barrio de la periferia platense y va por su segunda visita a Tornado. La primera fue el año pasado cuando hizo el viaje en micro. “Tardé más que lo que hubiera sido si me iba a Córdoba”, suele decir. Son algo más de las cuatro de la tarde de este miércoles 7 de mayo y, aunque parece temprano, en el horizonte de este morocho de 25 años se avizora una jornada larga.

Si bien lo que hizo el año pasado para llegar a José C. Paz ya tiene pinta de hazaña (combinó colectivos interprovinciales sin tener idea de adonde iban), él suele contar otra. Se fue solo a Córdoba en 2012. Un fin de semana entero solo, sólo para ir a los bailes. Al hablar de esos días, tira la anécdota del primer baile al que cayó, de su lucha para que La Mona mencionara su ciudad de La Plata, de cómo en ese momento sintió “mil ojos en la nuca” y de cómo varios se acercaron para convidarle un trago de sus jarras de vino. Después, suma mil detalles que agigantan su relato, verborrágico y cargado de emoción. En todos esos detalles y en la grandilocuencia al narrarlos reside un gen común entre los fieles de Jiménez: cada hecho conectado a Él, y aunque esa vinculación esté atada con alambre de púas, tiene el nivel de hecho divino.

El morocho de sonrisa dientona atesora su historia con La Mona. Aunque resulta otro latiguillo entre los fieles, cada una tiene su peculiaridad. La suya dice básicamente que llegó de pedo al cordobés, a diferencia de quienes son nativos de la provincia del fernet, que suelen heredarlo. Cuando andaba por los diez años, su hermano mayor escuchaba una radio de cuarteto cada sábado. Hubo un tema que le rompió el cráneo. Averiguó de quién era y se compró un cedé. Se enfermó de Jiménez, empezó a escucharlo con obsesión. Las románticas cumbias santafesinas quedaron a un costado y dieron lugar a la prosa popular con la que se sentía “re identificado en un montón de cosas”. Suma que lo cautivó “esa cosa de pueblo” y el modo de abordar las canciones de amor. Ése parece ser el punto madre del avance en popularidad de este animal de rulos: la empatía.

En Carlitos hay más que lírica cruda y real. Difiere, por ejemplo, del Indio Solari y sus composiciones salidas de una mansión en Parque Leloir. El cordobés cuenta sus vivencias de “pobre”. Acá la metáfora queda desterrada. Este tipo hizo y hace canciones con su historia. Cantó, aún hoy canta, su verdad. Por ejemplo, cuando dice que tuvo que salir a cantar porque su padre no tenía para darle de comer. Ése es el camino que tomó. Dejó pasar su último bondi a Finisterre.

Mientras Albano sigue contando y escuchamos a La Mona Jiménez, vamos rumbo a Francisco Solano, Quilmes. Ahí vive Daniel “El Canoso de Buenos Aires”. Ellos se conocieron vía Facebook. En la era 2.0 las distancias se acortan y las pasiones se unen. Bajo el “CMJ”, que va incluido en el nombre a mostrar en la red social, pueden encontrarse los adoradores, compartir sentimientos, fotos, canciones. Pero sobre todo, fotos con el ídolo. Incluso hay una competencia virtual que se define cuantitativamente. La gracia es de estirpe capitalista: lo que vale es la acumulación. En el Facebook de cualquier “monero de alma” pueden verse decenas de fotos con La Mona, en una previa al baile, en la puerta del baile, en el baile, luego del baile.

Hacia allá vamos, hacia la previa, otra parte ineludible del ritual. Pero todavía falta. Ahora una voz metálica y de tonada española sale del GPS del celular y dice “haz llegado a destino”. El destino es la casa del Canoso: pasillo al fondo, un patio con algunas macetas, puerta al comedor. Lo primero que se ve son cuadros. En los cuadros, él y La Mona. Son los tesoros, ahí, grandes, colgando de la pared que uno se choca al dar el primer paso; porque eso es lo que hay que ver: al Canoso con La Mona. Un abrazo, un pico, otro abrazo. Ahí Él, siempre con una sonrisa surcándole la cara.

Daniel tiene puesta una remera que se hizo especialmente para la ocasión: una chomba oscura de la Selección argentina que tiene estampados un 10 y un “Mona”. Se mueve de acá para allá, toma té de parado. La ansiedad lo carcome y a medida que corre el tiempo es peor. Por mensaje de texto le avisan que Jiménez ya tomó el avión que lo traerá a Buenos Aires. Son las siete de la tarde. Apura a su hija y a Yanina, la cordobesa, a quien conoció en una de sus tantas visitas a la provincia del cuarteto y que está hospedada en su casa.

—¡Delen! Tenemos que ir hasta la previa ésa y después vamos a ir al hotel a ver a La Mona. Primero hay que ir hasta William Morris y después a San Miguel. ¡No vamos a llegar! —dice dando vueltas en el patio.

De golpe las chicas aparecen y están listas. Es momento de salir. No, faltan las fotos. Todos posamos abrazados y con una bandera de La Mona en los colores de Boca. Se disparan el flash de la cámara y el del celular. Hay que enmarcar el momento en Facebook con etiquetas en cada cara.

MONA_ENTRADA

Subida la foto, confirmado por WhatsApp el hotel en el que va estar Jiménez, salimos. Encomendados a lo que dice el GPS, vamos rumbo a un lugar que nadie conoce y ni sabe a qué partido del conurbano pertenece.

—Es la casa de una flaca que conozco del Facebook. Me invitó a la previa. No sé más nada —responde el Canoso ante el apure de los pasajeros.

“Está enfermo el chabón”, dice Albano de Daniel y su amor por Jiménez, quien lo apodó “el Canoso de Buenos Aires” en una de sus tantas visitas a Córdoba. Esa enfermedad empezó cuando tenía 18 años y estaba haciendo la colimba. La Mona sonaba en la mítica Radio Colonia. Indagó quién era ese tipo que le volaba la cabeza. Compró discos. Diez años más tarde se fue para las sierras y lo conoció. En su primer viaje entró a la casa del cuartetero. Supo que nunca se iba a curar. Algunos síntomas fueron:

– Viajes a Córdoba tres veces al año.
– Deudas a causa de esos viajes.
– Festejos en su casa los 11 de enero (cumpleaños de Jiménez).

Una pasión desmedida. Una pasión de las únicas que valen: de las que no entienden razones.

PAGA DIOS

William Morris, Hurlingham. Una avenida céntrica con luces amarillas, calles angostas y negocios de persianas oxidadas. Una vía que cruzar. Un par de giros para acá y para allá, una calle empedrada. Y embarrada. De un lado, campo, un campo muy oscuro; del otro, algunas casas cada muchos metros. A veces aparecen restos de autos prendidos fuego. El mapa de Google dice que tenemos que seguir por ahí. Y bueno, seguimos. Ya nadie habla y la música suena bajito.

—¿Por qué no le preguntás qué onda a la mina? —larga la hija del Canoso.
—Ya les dije la dirección. Ya vamos a llegar —contesta el padre.

Aparece una avenida, la tomamos y luego de otros zigzagueos terminamos en un barrio con nada glamour: casa bajas apenas revocadas, chicos en las calles de tierra seca, hogares que son kioscos, almacenes, verdulerías. Sería acá. Nos detenemos en una esquina justo enfrente de un mural gigante de Los Redondos. Discutimos qué ruta tomar hasta que escuchamos música. Cuarteto. ¡Ahí!

Ahí. Una vereda de piso rotoso con una parrilla, una mesa con fernet y algunos vasos, dos terribles parlantes con una computadora que escupe temas de La Mona. En el frente de esta casa las rejas tienen colgadas banderas del ídolo. En el fondo quedan las fotos de todos. “Todos” es un grupo de más de veinte personas que desde el mediodía toman y comen mientras escuchan a Jiménez. Hacen la previa. Previan.

Cuando el Rey del Cuarteto viene a la provincia de Buenos Aires la cosa empieza mucho antes de que den puerta en el baile. Gente de distintos partidos del conurbano se contacta y organiza comidas repletas de calorías y mucho pero mucho alcohol. Entre esos pibes y pibas —que nunca o apenas se vieron las caras otra vez— hay un sentimiento de pertenencia, una hermandad implícita. Acá la gente se saluda con abrazos calientes, se escucha, se convida un trago o un pedazo de hamburguesa.

—Estamos acá desde las once de la mañana. Pelamos los parlantes, abrimos un fernet y acá estamos. Iban a venir unos pibes de Córdoba, pero nos colgaron.
—Qué garrón…
—Sí, pero todo bien. Les habíamos sacado las entradas y todo, eh. Por suerte en un pedo las vendimos.

El pibe que vendió las entradas es el anfitrión, un morocho ancho de pelo corto y ropas deportivas. Es el dueño del circo. Todo el tiempo va y viene ofreciendo algo, preguntando qué necesitás, apoyándote la mano en el hombro, sonriéndote, llenándote el vaso de copete fresco.

—Loco, ustedes son mis invitados, no pagan nada.
—Pero no, decinos cuánto es…
—No, papá. Nada. Yo los invito.

MONA TE BENDIGA

Mientras la gran mayoría de los pibes de la previa van a Tornado en tren, nosotros partimos a San Miguel. Son las once de la noche y hace de esos fríos que caen cuando uno no tiene donde guarecerse. Vamos rumbo al hotel donde acaba de alojarse La Mona. Eso le dijeron al Canoso. Dice que se lo dijo el chofer de Jiménez y todos lo creemos. O, al menos, nadie se lo discute.

—¿Acá es? —pregunta Yamila.

Sí, es acá. Un hotel de optimistas tres estrellas con frente de puertas de madera a dos aguas y un ventanal de vidrios esmerilados. No parece un lugar que elegiría un rockstar, pero lo cierto es que él está ahí adentro y nosotros acá afuera. Afuera del hotel y afuera del auto, justo en la puerta. Somos los primeros.

—En Córdoba la cola da la vuelta a la casa —compara Yanina.

La cola se forma cada fin de semana en la puerta de la casa de Jiménez. La gente espera horas hasta que el Sandro cordobés sale de su morada para ir al baile. Cuando él pisa la calle, van pasando de a uno los que le hicieron el aguante y “hasta que no se saca una foto con el último no se va”. Eso dice Yanina. Eso confirma a pecho inflado el Canoso. El mito cuenta que La Mona identifica a los fanáticos. Lo hace con Daniel, la cordobesa y tantos otros. De hecho, por el bautismo nominal que les hace se suelen reconocer entre ellos: son los elegidos, los que Carlitos saluda con nombre propio en los shows.

Se confirma en la fila que ahora se está formando. Ahí vino Fulano, ahí vino Mengano. El saludo, el abrazo. Eso sí: todo bien, pero a la fila.

El reloj ya pasó hace rato la una de la madrugada. El frío genera temblores. Pero de La Mona ni señales. Cuando los músicos salen para Tornado, en algún lado empieza a sonar que “estaba con tres minas, por eso no salió todavía”. Esos rumores que rodean a los artistas. Si estaba o no, ninguno lo sabrá a ciencia cierta, pero la cosa ya acabó. Se abre la puerta del hotel y un cincuentón lo llama al Canoso. Daniel, su hija Yamila y Albano se meten en el hall. Las cortinas se cierran. Nadie sabe qué pasa ahí. Al rato salen. El Canoso grita que Jiménez le bendijo a su nieto. Yamila está embarazada.

—Ya está. Va salir sano, fuerte, de Boca y monero. Mi dios ya lo tocó —dice con algo de congoja mientras su hija reniega porque la foto salió mal.

MONA_ENTRADA1

Albano sale y me estampa un abrazo. Tiembla y me muestra su camiseta de Gimnasia. En el costado derecho del pecho hay una pequeña firma en fibrón indeleble; en el estómago —debajo de la franja azul— otra gigante.

—Loco, hablé de Ginasia con La Mona —dice escupiendo—. Me dijo “salgan campeones”.
—¿Y qué le dijiste?
—¡Que lo amo!
—¿Y de Gimnasia?
—¡Que ojalá!

Atención, señores. Llegó el momento por el que hace más de dos horas estamos acá afuera, en una vereda oscura y desolada de San Miguel. Sale La Mona. De a uno van pasando los de la fila (aprovecho el momento y también me saco un foto). Un beso, un brazo, un flash. Que pase el siguiente. En cada abrazo hay muchas cámaras y Jiménez suele no mirar ninguna. A medida que pasan, se va apurando. Ya lo abrazan de a dos. No importa si en la foto sale un desconocido. Listo. Dos horas chupando frío, sentados en el piso, para cinco minutos y una foto de mirada distante.

¿BAILAMOS?

Cuando entrás a Tornado tenés el escenario arriba a tu izquierda, como en un segundo piso. Para llegar a la barra hay que cruzar el boliche a lo largo, entre un mar de gente desesperada. En la barra tenés que hacer una cola extensa para pagar lo que querés tomar. Después te tenés que matar para atravesar un muro de personas sedientas y pedirle al barman un fernet. En ese rincón puede resumirse el clima de esta noche en la que La Mona está a punto de tocar: sed desesperante. Sed que te tragás el líquido sin saborearlo.

El clima es de fiesta e histeria colectiva. Frente al escenario se agolpa la mayoría de la gente que salta, se empuja. Acá no se baila. Cuando sale Jiménez se grita como si un equipo de fútbol saliera a la cancha. Arriba del escenario la voz de La Mona se escucha poco entre una banda precisa, con swing y potencia. Lo que mejor hace el frontman es atraer, captar todas las miradas. Baila, él si lo hace, y todo el tiempo revolea eso que tiene entre las piernas y su pantalón aprieta como en un sueño bizarro. Suben un montón de chicos a cantar y bailar, suben hombres en sillas de ruedas, suben mujeres en shorts XS. Se pierde la distancia público-artista.

El pogo sigue constante entre la gente que quiere ver, algunos osados que intentan bailar y los que van volcando sus vasos. Cuando hay un stop tras una hora de show pasa algo diferente. Suena cumbia y es el momento del baile. En esos veinte minutos que dura el corte esto se parece a un boliche bailable. Al retornar Jiménez se vuelve a saltar.

Son pasadas las cinco de la mañana, hace más de doce horas empezó esto. El Canoso se perdió, Albano baila en un pequeño espacio que se hizo, Yanina y Yamila miran ojerosas. La Mona anuncia que es el fin y la gente empieza a cantar: “Yo soy Jiménez, es un sentimiento, no puedo parar”. Algunos revolean remeras. Otros saltan. Él mira cómo nace ese cantito de cancha que se entona cuando alguna proeza llega a su fin, que se acompaña agitando la pasión en el brazo, que sale en las buenas y en las malas, que cuando se da en una derrota se grita desde lo más adentro y se percibe más genuino, que puede hacerte llorar como estamos llorando ahora todos en Tornado, como está llorando La Mona con todos nosotros.