Exultantemente coherente a nivel ideológico, esta obra escrita y dirigida por Norman Briski versa sobre las relaciones de poder –y de amor– en el mundo capitalista, a través de una relación muy peculiar entre una patrona inválida y su empleada doméstica.Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza prensa No te vayas…
Buenos Aires, abril 5 (Agencia NAN, 2011).- “El teatro no puede ser revolucionario”, dijo una vez Norman Briski. No puede serlo porque no puede generar cambios. Sí puede ser “revulsivo”: desentrañarlos y hasta manifestar cierta desilusión porque nada avanza. Algo de esto hay en No te vayas con el amor o sin él, obra que el director Norman Briski acaba de estrenar en su teatro, el Calibán (México 1428, sábados a las 21). Discriminación, aborto, sexualidad, capitalismo, amor e invalidez se retroalimentan en un texto de tal vuelo que merece la pena ser leído (puede descargarse una vieja versión en www.celcit.org.ar) y, más todavía, ser visto en acción.
No te vayas con el amor o sin él es la historia de un dúo que el teatro ya ha retratado pero que aquí adquiere características entrañables y es el tronco de lo que sucede: una patrona y su mucama. Ellas no tienen nombre, como clara metáfora de la alienación. La Señora es discapacitada y le saca jugo a su invalidez de un modo maquiavélico: la utiliza para pedirle cualquier cosa a su empleada e ir pagándole de a puchitos, dos pesos por encontrar una radio. La mucama, una joven desenfadada que está por viajar a Estados Unidos –país que no le gusta– con un viejo que es su pareja, cumple con los recados pero no es ajena a la perversión, y aprovecha la carencia afectiva de la vieja para oprimirla cuando puede.
Lo extraño y jugoso de la relación es que el poder no viaja unidireccionalmente. Y, por ende, nada lo hace: a través del ataque al capitalismo que plantea, No te vayas con el amor o sin él –exultantemente coherente a nivel ideológico– desnuda cómo funcionan también las relaciones humanas en un mundo en el que lo más importante es tener dinero, poder y usar a los otros. La mecánica del amor se hace aquí nítida e incómoda. Ellas se tienen cierto cariño, el poder pareciera no funcionar sin él, pero a la vez lo aplasta, lo vuelve vacío e insolente.
Briski eligió a dos jóvenes actrices que le entregan a la obra las atmósferas que precisa en su recorrido: Carolina Molini (en el rol de la Señorita y su hermana, que es quien la reemplaza cuando ella hace el viaje) y Eliana Wassermann (la Señora). Molini demuestra ser camaleónica: mientras que en la primera mitad de la obra es una tipa resuelta, desfachatada y sexuada; en la segunda –cuando muta de personaje– es más fría y solemne, aunque sus textos sean macabros. Al principio cuesta ver a Wassermann interpretando un personaje que se presupone mucho más grande que ella, pero la actriz crece a lo largo de la obra, y muestra una extraordinaria capacidad para decir textos que son muy difíciles para el teatro, por su carga poética. Por la condición de inválida de su personaje no le queda otra que concentrar todos sus recursos en el rostro.
La obra se permite también una reflexión sobre la poesía. Mientras la Señora –que escribió varios guiones de cine y se pasa los días recordando historias pasadas y falsas– es la que domina el capital simbólico, económico y también poético, la Señorita no es más que un ser “real”, tal como la define el texto. Por eso, así como hay una evidente crítica a un sistema económico, hay también un ataque a una distribución desigual del conocimiento, y a ciertos ideales de belleza y de saber. También podría decirse que la obra promueve un contacto: es más rico que el mundo real y el poético se crucen, que es también el modo que Briski siempre eligió para hacer teatro. Porque, si bien esta es una relación paradigmática, un verosímil creado para una representación, su relleno no es otra cosa que ese mundo real y palpable al que el dramaturgo siempre se ha acercado. Es claro que Briski escribe como conocedor de ese mundo y no encerrado en su estudio.
La escenografía va de la mano con la tendencia opresiva de una obra que deja a la platea un poco con el corazón en la boca. Un biombo en el centro muestra las tres caras de la casa: la puerta de salida, la puerta del baño con un par de trapos y líquidos de limpieza, y unos tubos que hacen las veces de televisión. Al costado, un ascensor, que abre y cierra su puerta fantasmagóricamente toda vez que sube alguien. Y debajo, una fosa donde vive Mario, el marido de la Señora. Sí, vive en el sótano, y es el encargado de la manutención de la mujer. Le pasa una cuota por mes.
“¿Dónde está la revolución?”, pregunta en un momento la Señorita. “En la mesa”, le responde la Señora. La pregunta queda en el aire. Es la pregunta de la obra. La Señora es aquí la representante de una minoría. Las minorías son, en este micromundo, las únicas que avanzan en este sistema económico. La Señorita, en cambio, es ella y su hermana, la carne de miles de mujeres que se dedican a limpiar la mierda ajena. Y vendrá otra, y otra. Nueve hermanas tiene la Señorita. Evidentemente, la revolución no está a la vuelta de la esquina… pero puede estar en una mesa o en una silla de ruedas. Tampoco se sabe si está cada vez más lejos.