La dupla de Luna Monti y Juan Quintero, una de las más creativas de la escena actual, prepara su cuarto disco para celebrar su primera década de trayectoria.“Para nosotros, la música presta a crear un ambiente más lúdico», dicen.
Por Lola Kuperman
Fotografía gentileza de L.M. y J. Q.
Agüita de río manso,
fresca y clarita
libre como venís
no han de acorralarte mis manos
siempre andarás en mí,
siempre andarás.
Coplas al agua.
Agüita de río manso,
fresca y clarita
libre como venís
no han de acorralarte mis manos
siempre andarás en mí,
siempre andarás.
Coplas al agua.
Buenos Aires, mayo 4 (Agencia NAN―2012).― “Uno siempre actúa como un autodidacta, por más estudios que haya hecho”, explica Juan Quintero y antes de finalizar la frase, lo interrumpe Luna Monti: “porque a la hora de hacer se crea desde el impulso, desde el deseo”. Él es tucumano y ella de Buenos Aires, se conocieron a través de Raúl Carnota hace doce años cuando Luna grababa su primer disco. “La conformación como dúo se dio naturalmente”, explican y Juan alza los hombros y agrega: “yo tuve que aprender a cantar más fuerte”, Luna lo respalda: “yo más bajito”.
Una mezcla de temas propios y reversiones folklóricas son el resultado de las voces, los bombos, la guitarra de Juan y la posible caja chayera de Luna. A la orgánica combinación de todos los componentes, se suma un ingrediente irrefutable: la química. Entre ellos, con la música, con el público que es casi imposible no querer agradecerles después de cada canción.
Con tres discos en su haber y uno por venir, Luna Monti y Juan Quintero lanzaron en el verano su primer DVD, producido por Café Vinilo, para celebrar sus diez años de trayectoria. “Siempre viene primero como una imagen”, asegura Luna sobre el proceso creacional y cuenta que el festejo fue el puntapié para la producción audiovisual. Los amigos/artistas invitados en el DVD y en sus discos Luna Monti y Juan Quintero (2002), El matecito de las siete (2003) y Lila (2006), recorren una larga lista de pioneros en el género folklórico desde Jorge Fandermole a Juan Falú, pasando por Aca Seca Trío, del cual Juan Quintero forma parte.
―Suelen tomar temas del folklore y reversionarlos, ¿cómo es el proceso de hacerlos propios?
J.Q.:― Nunca es con absoluta libertad, uno siempre respeta algunas cosas. Lo cantamos como lo aprendemos y ahí va, llanito. Si nos empieza a molestar algo, vamos transitándolo hasta encontrar la forma en la que nos sentimos cómodos.
L.M.:― Nunca vamos a cantar un tema que no sintamos, siempre lo hacemos con mucho cariño, aunque a veces la sonoridad puede quedar lejos de la original.
―¿Se forma, así, una red para ampliar la recepción de la música?
J.Q.:― Sí, pero en el rol de autores y versionadores. La diferencia entre hacer una composición y una versión es que una arranca de una hoja en blanco y la otra tiene un poquito más de datos. El laburo siempre es el mismo, meterse y empezar a manosear las cosas, componer, tomar decisiones de la forma, de los acordes, de cómo se canta, mezclar o no estrofas y cómo le das importancia a ciertas palabras.
Violeta, hija del dúo que también es pareja en la vida real, juega con los rulos de Luna mientras su mamá cuenta que si no fuese música, de todos modos haría algo relacionado al arte. “Me gusta hablar en primera persona cosas que no viví pero que no significa que no las pueda sentir, interpretar”, afirma. Antes de dar una respuesta, tanto Luna como Juan dejan pasar unos largos segundos de silencio y reflexión. Su hablar es pausado pero específico, “cuando estamos en el escenario tratamos de sólo abrir la boca, cantar y ver qué pasa”, repone Juan.
“Tengo la sensación de que casi todos los que van a vernos nos conocieran, lo cual es imposible, porque hay recitales donde hay más de 400 personas”, cuenta Luna y define así la impresión que el público se lleva luego de verlos en vivo. Las improvisaciones que denotan el fruto de largos ensayos junto a los coloridos comentarios que intercalan en el recital, relegan sistemáticamente a un segundo plano al artificio del escenario, las luces y la amplificación del sonido. “A mi me gusta mucho más cuando uno está rodeado”, comenta Luna y Juan materializa la palabra: en ronda.
Las peñas, los mates y los asados son una impronta de la historia de ambos. Con padres cantantes de folklore y melodías populares sonando durante su niñez, las enseñanzas caseras tienen para los dos la palabra mayor. Luna comenzaba a experimentar su voz junto a la de su hermana y su madre, mientras que Juan conocía la música a través de los juegos de mano que creaba con su abuela y su mamá. “Para aprender algo, tenés que pasarlo por el cuerpo, por el deseo, por el intelecto y también equivocarte, es para mi una regla natural”, describe Juan.
―¿Cómo se enlazan las enseñanzas caseras y las académicas?
L.M.:― Hay momentos que uno se deja llevar por una línea y va necesitando herramientas que te da la escuela. Nosotros somos más bien tirando a intuitivos, aunque los dos terminamos una carrera.
J.Q.:― Por más que uno haya hecho un trayecto de saberes determinados, uno en sí siempre actúa como un autodidacta, te metés de cabeza en lo que te gusta y te mandás cagadas. La misma actitud que puede tener un niñito de cinco años cuando quiere subirse a una silla.
―¿Son, entonces, estas las que conformar el espíritu de su música?
L.M.:― En mi vida eso fue mucho más importante. Tuve la suerte de tener una familia que amaba la música y siempre nos juntamos alrededor de ella. Pesa más que la escuela que elegí o las carreras que empecé y dejé o la que terminé.
J.Q.:― Te da impulso, la razón por la que hacés lo que hacés, por la que disfrutás las cosas. Si bien la parte más técnica te abre una manera de ver, hasta de sentir, lo que se forja de chico es decisivo y nosotros concebimos la música así, con ese clima donde crecimos.
―¿Se apoyan en estas vivencias al cantar?
J.Q.:― Sí, porque es una lástima tocar con alguien que no te modifica, siempre intentamos estar atentos el uno del otro. Aunque las proyecciones pueden ser bien diferentes y aún son parte. Por ejemplo, una canción que a ella le hace acordar al abuelo, yo estaba dele metido los dedos porque es muy difícil de tocar, qué abuelo ni qué abuelo.
L.M.:― Cualquier concepto o imagen pueden compartirse, al igual que en los discos donde cada uno hace su proceso. Lo vamos charlando y buscando juntos.
―¿El disco, El matecito de las siete, también nació como una imagen?
L.M.:― La canción nos daba el título pero no es casual que cada vez que ensayamos tiene que ver un mate, es un rito necesario. Eran muchas canciones que veníamos cantando y cosechando.
J.Q.:― El matecito le ha da dado impulso a ese grupo de canciones, a la idea del mate compartido. En ellas mismas uno se apoya emocionalmente en algo, o una frase, un acorde, una melodía o por qué no, una imagen y eso te pone finalmente en contacto con la idea grande o la pequeña notita.
Lila, el último disco de la pareja, se divide en uno grande y otro pequeño. “No hay una separación entre un repertorio para chicos y otro para grandes, sólo nos gustaba la idea del formato, el grande con su hijito”, explica Luna. Las licencias que el dúo se toma al cantar canciones infantiles son la única diferencia que reconocen con un disco estándar.
“Para nosotros, la música presta a crear un ambiente más lúdico, hemos aprendido estas canciones en ambientes de casa donde se alternaban las guitarras con alguna comida o alguna joda”, confía Juan. Y Luna agrega: “La actitud lúdica tiene que ver con la personalidad de uno.”. Para el dúo no se trata de traspasar un limbo donde el juego está permitido, “experimentar con las voces o zamarrearse es natural, lo aprendimos así”, remata Juan.
―¿Y en el disco Lila, la imagen fue el juego?
L.M.:― Sí, estaba la idea del trompo y Lila era un apodo que me decía una vecina que era como mi abuela. Quisimos grabar más temas para niños que es donde más nos liberamos y también, porque nos gusta ver que comparten nuestra música en familia.
J.Q.:― El hecho de buscar el juego siempre es también querer hacer las cosas disfrutando, porque en el tren de laburo pueden volverse automáticas. Siento que cada tanto tengo que sacudirme, no creo en una intensidad en todos los recitales todo el tiempo. Va oscilando y eso es juego también.
―A la hora de componer, ¿guía la emoción?
L.M.:― Jamás existe el papel primero, más que para aprenderse la letra.
J.Q.:― O para no olvidarse lo que se te acaba de ocurrir.

