Fotografía de Martín Lo Nigro (1) y gentileza de Pablo Russo (2)
“¿Qué desaparece para un desaparecido?
¿Cómo es posible que su desaparición en
que los desaparecidos éramos nosotros.”
[Marcelo Candia]
Buenas Aires, enero 21 (Agencia NAN-2011).- Dos semanas atrás, los medios de comunicación abrieron sus micrófonos a las desesperadas voces de quienes se abarrotaban en las puertas de los bancos para solicitar que aparecieran esos retazos de papel respaldados por el Tesoro Nacional para cambiarlos por bienes y servicios. El lamento de esas personas se oyó mil veces. Pero nadie habló de Julio López, que hace más de cuatro años desapareció por segunda vez ante los ojos de todos. Entre los billetes que quedaron dando vueltas por las cajas de los negocios, la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, hay algunos que son una apelación a la memoria, una síntesis de cómo la estética artística puede transformase en herramienta efectiva de comunicación y resolver el binomio arte-política. Los billetes-volante serie “¿Dónde está Julio López?” fueron emitidos, en un primer momento, por la Comisión por la Memoria y la Justicia de La Paternal. Esa serie forma parte de una cultura colectiva subyacente, integrada por intervenciones y activismo artístico reunidos en el libro ¿Dónde está Julio López? Prácticas estéticas en relación al reclamo de aparición con vida, de Pablo Russo, periodista, licenciado en Comunicación Social, artistas e integrante de la Comisión.
No la pidió el Banco Central, pero la idea llegó desde Brasil. Russo conoció la obra de Cildo Meireles cursando el seminario de Arte y Política en la UBA –dictado por Ana Longoni (encargada del prólogo del libro), Asumpta Bassas Vila y Fernando Davis– y se ilusionó con el proyecto cédula con el que el artista brasilero en los ’70 estampó con un simple sello una pregunta en los Reales: “Quem matou Herzog?”, periodista torturado y asesinado por la dictadura carioca (1964-1985), aunque los militares lo presentaran como un suicidio.
Esa intervención de Meireles, catalogada como hand-made, buscaba pasar de la acción micro a la inclusión de un mensaje en la macroestructura del sistema, el logro de “inserciones en circuitos ideológicos”.
Russo tomó la idea para llevarla a la calle con los vecinos de La Paternal y, con los resultados en circulación, el tiempo necesario para reflexionar sobre ellos y sobre el trabajo de otros artistas en la misma sintonía, ese tiempo se tradujo en el ensayo editado por Tierra del Sur.
Sus páginas son un repaso condensado de las intervenciones por Julio López (que podría extenderse a Maxi Kosteki y Darío Santillán, Carlos Fuentealba y Luciano Arruga) que realizaron artistas como Lucas Di Pascuale, Javier Del Olmo, Hugo Vidal y Martina Laborde, en contexto con las prácticas de activismo artístico que atraviesan la historia del país.
“Se piensa que lo artístico sólo puede llevarlo a cabo gente tocada por una varita, académicos. Pero hay técnicas básicas y sencillas, como volantes, esténciles, murales, sellos, que permiten, incluso a quienes no son artistas, poner en circulación un mensaje que se multiplica”, señaló el también autor, junto con Maximiliano de la Puente, del libro El compañero que lleva la Cámara. Cine militante argentino (Tierra del Sur, 2007).
— ¿En el hand-made encontraron una clave para desacralizar el arte y ponerlo en manos de los vecinos para llevarlo al activismo?
— Desde la Comisión nunca nos planteamos lo artístico, no es una discusión para nosotros sino que somos un grupo militante barrial que se vale de herramientas artísticas para comunicar ideas políticas. La reflexión la hago de manera posterior a partir de la investigación, lo que es valioso porque la actividad concreta no te deja espacio para el análisis.
— En la investigación, ¿en qué contexto encontró que estaba enmarcada la intervención de la Comisión?
— Nuestras acciones pueden leerse desde las prácticas de intervención urbana recientes. Desde los ’90, los escraches a los represores de la última dictadura realizados por HIJOS se amalgamaron con grupos que venían del palo del arte vanguardista, que no buscaban relacionarse con los museos, las exposiciones ni la academia. Entre ellos, el Grupo de Arte Callejero (GAC) y el Grupo ETC. En nuestro país, hay toda una tradición de activismo político. Anteriormente, el Siluetazo, que en el libro aparece reflejado en la obra “Silueta López”, de Javier del Olmo.
— ¿Lo que se refleja es la readaptación de aquellas intervenciones?
— Todo se retoma de acciones anteriores. En el barrio, hay un mural realizado por vecinos que no se dedican a la plástica, pero tomaron la técnica de un grupo de muralistas chilenos.
— En el libro cita una frase del artista platense Edgardo Vigo: “La actualidad del arte está la calle.” Fue dicha hace casi 40 años, ¿cómo la analiza desde la actualidad?
— A partir de 2001, las intervenciones en la calle empezaron a tener un público. Empezó a haber demanda de prácticas que antes eran más subterráneas; existían pero no estaban a la vista. Por ejemplo, los talleres de serigrafía popular comenzaron a salir de las organizaciones y a aparecer en las marchas, para que quienes se movilizaban pudieran estampar sus remeras con las consignas. Lo que me parece interesante del arte en la calle, siempre tomándola como herramienta para transmitir ideas políticas, es que es el lugar donde se potencia. Es el sitio donde el encuentro entre arte y política puede tener mayor profundidad que en un museo o Internet, que es un espacio público virtual.
— ¿La participación del activismo artístico en la calle se resignifica cuando todo parece pasar en la virtualidad de las redes sociales?
— Sí, incluso las cosas que pasan en la calle tienen su rebote en Internet. Sirve para ampliar la difusión de una actividad, un mensaje, pero no hay que quedarse ahí. La calle, en sí, es el espacio común a todos, donde uno puede encontrarse con un vecino o un compañero y hacer un mural, por ejemplo. El encuentro en lo público lleva algo de la vida misma, de lo colectivo, el encuentro con el otro. Eso es irremplazable, y las acciones allí hechas también tienen otro valor artístico que el que se les daría en el circuito del arte.
— La paradoja entre la acción y la inclusión en el circuito…
— Tomamos como referencia a Meireles y su “inserción en los circuitos ideológicos”, que se proponía lo opuesto a Marcel Duchamp, que llevaba lo cotidiano al museo. Sin embargo, el trabajo de Meireles lo conocí a través de su institucionalización, sus inserciones llevadas a las muestras en museos. Con el arte militante de 2001 ocurrió algo similar.
— ¿De qué manera?
–Por ejemplo, los grupos de cine que mostraban sus documentales en plazas y fábricas recuperadas, con el tiempo, pasaron a exhibir sus documentales en los festivales de cine como el de Berlín. La institución, lo digo sin ningún juicio de valor, coopta esas obras para mostrarlo. Una vez dentro del circuito artístico, los artistas presentan su trabajo como obra de autor. Cuando lo hacen en las calles ceden su firma en base a un reclamo social. Como ocurrió con las intervenciones de Hugo Vidal: vistas en la calle pocos saben quién lo hizo.
— ¿Qué pasaría si llevaran los billetes intervenidos a un museo?
— Para nosotros el arte es meramente instrumental, una herramienta de comunicación y pedagógica para la participación de la gente. Posiblemente, si nos invitaran a ser parte de una muestra y eso nos abriera la posibilidad de llevar nuestro mensaje a otra gente a la que no alcanzaríamos, lo haríamos. No renegamos de una muestra. Simplemente no es nuestro ámbito, privilegiamos el mensaje.
— ¿El arte funciona como herramienta pedagógica para la participación política?
— Sí, sobretodo cuando la herramienta artística es de una sociabilidad tan alta como un sello. Cualquiera puede hacerlo, no es un Picasso. Es una intervención con un costado estético como lo puede ser un esténcil. La finalidad no es artística sino que está centrada en la comunicación.
— ¿Y en este caso lo define como una consigna sintética y reconocible, al igual que un esténcil?
— López es un cuestionamiento incómodo para toda democracia, por eso la presidenta (Cristina Fernández) no habla del tema y los grandes medios los hacen con una doble intencionalidad política. Es un tema de gran actualidad por los juicios a los militares, y que cuestiona cuán profundo es el compromiso con los derechos humanos. Es un disparador, la intervención sola no va a lograr nada, pero en principio es generar conciencia social y que pueda causar la presión necesaria para que no se mirar hacia otro lado. Es mantener el tema en la agenda de la calle.
Para conseguir el libro, escribir a laeditorialtds@yahoo.com.ar