/Archivo

“Padres de la Plaza”: de cómo cubrir las “zonas donde no hay palabras”.-

El film ganador del premio otorgado por el público en la última edición del Festival de Cine de Derechos Humanos de Barcelona es un relato coral de diez padres de víctimas del terrorismo de Estado desde 1976 a 1983. “Son hombres que están al final de su vida y que quieren dejar un legado porque es una manera de prolongar la lucha”, asegura Joaquín Daglio, uno de los cuatro realizadores del documental. Milena Vidal, otra de sus responsables, resume uno de los fines de la película: “En las cifras, en los ’30 mil desaparecidos’, se pierde la posibilidad de comprender en profundidad el drama.”

Por Nicolás Sagaian
Fotografías gentileza de Padres de la Plaza

Buenos Aires, marzo 26 (Agencia NAN-2010).- Elevaron una voz constante pero silenciosa. Prefirieron pasar inadvertidos en la lucha diaria por la memoria, la verdad y la justicia durante casi 30 años. Por eso, una pregunta se fue instituyendo de a poco mientras las abuelas, las madres y los hijos se agrupaban y formaban organizaciones de derechos humanos: ¿y los padres? ¿Qué pasó con ellos? ¿Qué les sucedió en todo ese tiempo? De estas premisas que recorren un mismo camino surge el punto de partida del documental Padres de la Plaza, diez recorridos posibles, realizado por Joaquín Daglio, Juan Vitale (egresados de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires), Milena Vidal y Maximiliano Cerdá (Comunicación, UBA). Un film que le otorga entidad a la palabra de un grupo de padres de desaparecidos, sus historias y las de sus hijos a través de relatos impactantes y únicos que entrelazados llegan a pintar toda la magnitud del genocidio perpetrado durante el último golpe de Estado.

Así, el largometraje –ganador del Premio Público en el Festival de Cine de Derechos Humanos de Barcelona– se constituye como un relato coral “en el que las voces van desde lo particular a lo colectivo, en un ida y vuelta constante”, subraya el director Daglio en diálogo con Agencia NAN. Además, sostiene que “hubiese sido incoherente hacerlo de otra manera que no fuese colectiva”. Es que, en cierto modo, la película es parte de una lucha que se realiza desde la unión. Esa que vienen desarrollando hombro a hombro las Madres de Plaza de Mayo de forma emblemática, asumiendo un rol protagónico tanto a nivel nacional como internacional. Mientras, los padres se paran a un costado “por una cuestión estratégica –agrega Daglio– al ver que la pelea de las mujeres da resultados”. Por eso optaron por un grito más apagado, que desde hace seis años encontró una grieta de salida al aire de la esfera pública al mismo tiempo que se forjó esta producción cinematográfica independiente.

Fue en la marcha del 24 de marzo de 2004 cuando comenzó a germinar. A partir de entonces se sucedieron contactos con organismos de derechos humanos, los padres y las familias, y se tallaron, encuentro a encuentro, casi 70 horas de grabación. Claro que sólo unas pocas fueron utilizadas, las últimas por lo general. “El trabajo progresivo se realizó de a poco, respetando los tiempos, las formas y los silencios de cada uno”, comentó Milena Vidal, que si bien no se encargó de las entrevistas, siguió bien de cerca cada avance del documental desde la asistencia en la producción. Al contarles sobre el proyecto, de los primero veinte padres quedaron unos diez, sin lo que se denomina criterio de selección. “Algunos prefirieron no hablar o directamente se les hizo imposible por problemas de salud”, explicó el director, acompañado por Vidal, en una charla en la que ambos cuentan sus primeras impresiones y analizan su criatura primogénita que tendrá su estreno comercial recién a fin de año.

— ¿Cómo fue el trabajo de estampar esos testimonios tan delicados de los padres en un documento audiovisual?
Joaquín Daglio: –Fue un trabajo fino. Algunos tenían mucha necesidad de hablar, otros también pero les costaba mucho más. Sucede que en casos como estos hay zonas en donde no hay palabras, y de a poco fueron apareciendo en el trabajo colectivo, en cada reunión. Paso a paso se fueron entusiasmando y se generó un vínculo muy importante. Algo totalmente necesario para la película porque desde un inicio pretendimos un film crudo, en tanto consiguiésemos la palabra sin ningún tipo de aditamentos, y también cálido para generar un clima indicado para que los padres pudieran confiar en palabras lo que ellos querían, sus sentimientos, sus experiencias, pese a lo impactante de los relatos.

— ¿Por qué piensan que los padres decidieron hablar ahora, después de 30 años y tras mucho tiempo de mantenerse callados?
J.D.: — Son hombres muy grandes y están al final de su vida. Para ellos es muy importante dejar un legado porque es una manera de prolongar la lucha. Hay una generación que fue violentamente ausentada. Nosotros, que tenemos casi la misma edad que sus nietos, y ellos intentamos recuperar eso para que no quede un vacío. Esa fue la idea ya que los padres quieren que la palabra perdure cuando ellos no estén.
Milena Vidal: — Ahí está el punto. Es difícil reconstruir situaciones después de 30 años pero la película creo que es una muestra acabada de eso. Entendiendo el horror de cada uno de los diez se puede tener noción de la magnitud que tuvo este genocidio.

— Es muy complicado no caer en los particularismos de cada caso para mostrar una especie de panorama del contexto, ¿cómo manejaron eso?
J.D.: — Si bien justamente el relato narrativo recae sobre la palabra, siempre queda en claro que estos diez padres están hablando por muchos. Aunque también es importante para nosotros resaltar lo indispensable de particularizar para que el espectador pueda ingresar y ponerse realmente en el lugar del otro. Porque vivimos en una época muy peligrosa donde rápidamente nos despegamos de eso e inmediatamente tendemos a reducir.
M.V.: — Claro, entonces vemos todo en cifras: 30 mil desaparecidos, y se pierde la posibilidad de comprender en profundidad el drama. Por eso creímos necesario edificar un documental humano, que el espectador pudiera ingresar en diez vidas diferentes, en variantes de todo este horror, y de ahí que sacase sus propias conclusiones y continuase preguntándose.
— Si bien lo describen como un documental humano, hilando más fino: ¿cómo caracterizan a esta película que no termina de ser ni histórica ni biográfica?
M.V.: — Desde el principio quedó claro que lo que pretendíamos no era un documental con una bajada histórica. Como, por ejemplo, que el 24 de marzo de 1976 hubo un golpe de Estado. Quisimos hacer un documental basado en la palabra, cuyo motor fuera la pregunta y la repregunta hacia los padres: qué pasó con ellos no únicamente focalizándolo en lo que sucedió en aquel momento sino en lo que sucedió a partir de que no se agruparon y quedaron desdibujados. Necesitábamos profundizar en la figura del padre y su rol…
J.D.: — Por eso se puede decir que esta película tiene cuestiones que van por fuera de lo estrictamente cinematográfico; hubiera sido totalmente contradictorio si nosotros, por sacarnos las ganas, hubiésemos empezado a jugar con determinadas cuestiones del lenguaje audiovisual que acá quedaron excluidas. Necesitábamos un documental minimalista, donde el espectador pudiera ponerse en el lugar del otro. A través de las historias y los relatos.

La premisa queda clara y se cumple en los primeros testimonios. Durante la doble presentación de preestreno que se realizó el martes pasado en el cine Gaumont, el público respondió inmediatamente a cada historia. Las imágenes llegan y con ello también las anécdotas, la historia de la tragedia, los sucesos y el después. Como el relato de Bruno Palermo, de 86 años, que perdió a su hijo Norberto el 14 de octubre de 1975. Un día antes de su cumpleaños, el joven de 21 desapareció. Lo encontraron días después en un zanjón en Bella Vista. Su padre pudo reconocer el cadáver en la morgue del cementerio de San Miguel. Pero al día siguiente, cuando le iban a entregar el cuerpo, lo que quedaba de Norberto fue robado y nunca más se pudo encontrar. Hasta hoy la historia continúa así. Bruno recién pudo contarla hace dos años. “Aprendí de las madres”, aseguró.

— La historia de los padres es diferente a otras conocidas como la de las Abuelas, Madres, por ejemplo. ¿Qué les llamó la atención de eso?
J.D.: — Hay muchas cuestiones interesantes a desarrollar: por un lado una diferencia entre géneros, no necesariamente entre roles. El hombre está menos acostumbrado a poner en palabras, más si son nacidos en 1920, constituidos como patriarca, padre de familia. A ellos les costó mucho hacer catarsis. Las mujeres adoptaron un discurso más rápido, gritaron desde un lugar más visceral. Lo de ellos fue un grito más apagado. En cambio, las madres, como ellos dicen, salieron como lobas a defender a sus cachorros, mientras los hombres no encontraban las palabras. Algo necesario para ellos y para todos.

— ¿Por eso piensan que la película tiene sus efectos? ¿O encuentran otras causas?
J.D.: — Evidentemente esa pregunta está latente y late. No creo que la gente se acerque a la película porque es una sorpresa simplemente. Sino porque en todo caso lo que sorprende es mucho más que lo anecdótico de confirmar que había padres en la lucha. En todos nosotros, desde lo profundo, había una pregunta que estaba latiendo dentro de la tónica que plantea el documental, como un punto de partida de la reflexión y para seguir preguntándose.

— ¿Y qué resultados advierten en todo este trabajo de cuatro años?
M.V.: — A parte del empuje que conlleva y que arrastra la película con una lucha por los derechos humanos, creo que otra de las cosas más importantes que obtenemos como resultado es haber encontrado una forma de hacer cine, en este caso específicamente documental. Nos comprometimos con las personas que entrevistamos, al punto que seguimos hablando con ella al día de hoy. Es decir, entablamos un vínculo. A los padres los invitamos a ver la película antes que nadie. Y eso no lo hace cualquiera. No pretendemos criticar la otra forma sino elevar una vinculada a la producción colectiva, con la totalidad de las piezas que hicieron que se formara un hermoso engranaje para proyectar una película que tiene un compromiso muy importante con nuestra historia.

— ¿Es una especie de fuego interno que llevaban adentro y debían avivar? Digo, porque ustedes marchaban, militaban pero por lo que dicen les faltaba algo más.
J.D.: — Es una manera de aportar desde el lugar de uno. Con las herramientas y los recursos que uno tiene. Lo nuestro es el cine y la comunicación, y entendimos que esa era nuestra manera de hacer un aporte, llevando a cabo un proyecto de una manera colectiva. Y convergiendo en un solo punto, como las historias de los padres que en la película, luego de contar sus particularidades, confluyen en la Plaza de Mayo. Eso es lo que tendríamos que hacer todos: unirnos para luchar por lo mejor.

— ¿Qué expectativas tienen a futuro, más allá del estreno comercial que realizarán a fin de año?
M.V.: — Tomamos la película como una obra terminada pero también como un punto de partida. O sea, para nosotros la película no es una etapa concluida; queremos que llegue a todos, llevarla a fábricas y a centros culturales. Si nos invitan, a cualquier noche de vigilia, y que se convierta en un aporte más a una lucha que nos precede y que esperamos de alguna manera ayudar a continuar. Más allá de que el último genocida esté encerrado en una cárcel común pudriéndose: la lucha por la verdad, la memoria y la justicia es algo que no sólo tiene que apuntar a curar heridas. La pelea tiene que continuar, ahora y siempre.

Sitio: http://www.padresdelaplaza.com.ar/