Foto: Lucía Vite
Después de varios eventos homónimos y el vínculo permanente con el Festival Ultrasónica, El Club de la Serpiente, colectivo integrado por varios músicos del Conurbano sur, se afianza emergente en los ánimos de promover un espacio cultural de calidad y de ofertas artísticas varias. Tras un año de existencia, la propuesta ambiciona fortaleza en la continuidad de los recitales y en el lanzamiento, a mediano plazo, de un compilado en la nube digital.
Entre el deseo de seguir tocando y el rechazo a los antros que te exigen pagar por tocar, Diego Aldasoro y Esteban Pecci, de Fordeban, junto a Tomás Russi, del estudio Omni, realizaron, allá por diciembre de 2014, la primera de las fechas de eso que terminaría siendo El Club de la Serpiente. Aquella noche en Cultura del Sur tocaron junto a Alegrías del Hogar y Xampari. El Dj fue Omar Set. Hizo stand-up Cecilia Pereyra y expuso Matías Matías. “La idea era generar un ciclo en el que primase un lema: tratar a los demás artistas como queríamos ser tratados, encontrar un lugar donde tocar y no sentirnos estafados”, cuenta Aldasoro.
Paralelamente estaba el Festival Ultrasónica, con un año más en la mochila. Algo más curtida, la Ultra se sustentaba sintética y catódica bajo umbrales corte más electro-indie-pop. Por aquel entonces, la organizaban Ariel Ronchi (de la banda Billy Bilo), Yamil Sarquis (de Jueves de Cine) y Roben Couso (de Mil Cometas). En ese momento también estaba la fotógrafa Lucia Vite, quien ahora colabora ocasionalmente.

“Un día conseguimos que nos inviten a tocar a la Ultrasónica. Ellos, como evento, ya tenían algo más organizado”, cuenta Aldasoro, a quien la idea de potenciar el Club se le hacía más firme. “Si tenemos unas bandas, la única manera que sigan adelante es generar un ambiente donde funcionen.”
Por eso, uno de los momentos clave, según Roben Couso, fue la edición de segundo aniversario de la Ultra (6 de diciembre de 2015), también en Cultura del Sur, donde Mil Cometas tocó junto a Indios y Amor Elefante. “La Ultrasónica estaba creciendo y cada vez se hacía más difícil manejar todo, y la verdad que los chicos del Club nos dieron una mano.” Ahí empezó a caerle la ficha de que tenía que estar dentro del bondi. “En este grupo de personas en realidad lo que hacemos es ayudarnos entre todos”, expresa Roben.
Otro espacio que los ranchó bastante fue la EMLA RadioBar, en Temperley, donde los vínculos entre Fordeban con Yamil Sarquis y Nico Draggan (también de Jueves de Cine) se fortalecieron. Además estaba Her Cass, hoy artífice de Frizzbit, quien fue el promotor, casi sin quererlo, de la consolidación del Club como tal, o al menos del primer grupo de WhatsApp.
NO NOS PISEMOS LAS SÁBANAS
“Un día nos dimos cuenta que tocaba JDC en Tío Bizarro y nosotros en la EMLA, y me agarra este chico Her Cass y me dice: ‘Che, boludo, escúchame una cosa, están tocando ustedes dos el mismo día en lugares diferentes, nosotros tenemos nuestro propio público, tenemos que organizarnos para que no sigan pasando estas cosas’. Las palabras penetraron como un flash y el mambo de ponerse de acuerdo para no tocar el mismo día se hizo motivo de juntada.
“Le mando un mensaje a Draggan y su respuesta fue armar un grupo de WhatsApp, formado por Yamil, él, Pecci y yo, que se llamaba No nos pisemos las sábanas”, recuerda Aldasoro. “Agreguen a quien quieran de la zona, a quien consideren que pueda participar de esto para que simplemente no nos pisemos las fechas”, y así fue que se sumaron Guillermo Ibarra de Parque Fantasma y Emiliano Auditore (de la banda Auditores), entre otros.

Para Guille, “todo se fue dando de manera bastante natural, espontánea”. “Nos íbamos encontrando siempre los mismos en recitales y empezó a darse esto de que íbamos a ver las otras bandas porque nos gustaban, y no sólo te encontrabas con los que tocaban sino también con el resto del grupo de músicos, que éramos una banda. Las primeras charlas para organizar algo se fueron dando en esas fechas”, remarca.
FIESTA EN EL BARRIO
Cuenta Yamil que el momento clave fue una reunión que hicieron en la casa de Diego. “Un encuentro épico”, exagera. “La realidad es que nos conocíamos todos de ver bandas, de ir a shows, de ir a fechas, movidas, festivales, y habíamos tocado juntos en un par de ocasiones. Un día dijimos: ‘Bueno, se va todo a la mierda o tratamos de hacer algo para no pisarnos’”. Empezaron a hablar e hicieron la reunión. La primera de El Club de la Serpiente.
Esa noche del segundo semestre de 2015 apareció en lo de Aldasoro gente de Xuxo, Dos Pirámides, Fordeban, Parque Fantasma, Los Noruegos, Auditores, Jueves de Cine, el propio Her Cass, una banda de capital que se llamaba Los Bonvivant y otras cuantas que hoy ya no están. Mucho no pudieron hablar, algunos se conocieron, se distendieron y otros se la pegaron en la pera. “Mucho más que eso no hicimos, pero esa noche fue la base de lo que terminó siendo realmente el Club”, relata Diego.
LA DINASTÍA SERPIENTE
El nombre ya estaba. Aldasoro y Pecci ya se lo habían puesto y al resto le había caído bien. “Nosotros éramos eso, en El Club de la Serpiente de Rayuela había artistas, músicos, pintores, y nosotros lo adoptamos para nuestra organización”, cuenta Yamil.
El objetivo fue siempre “tratar a los músicos como nos gustaría que nos traten”. “Y hacer algo de calidad artística. Por eso, hemos traído a bandas de la puta madre, como Marea en Trance, Los Peligros, Tracy Lord, Ruidos de Magnolias, Barco, No lo Soporto, entre otras tantas. La propuesta artística siempre fue zarpada”, menciona Aldasoro quien anticipa que en la próxima fecha estarán Los Rusos Hijos de Puta y Las Ligas Menores.

“Nacido como una necesidad de artistas independientes, autogestionados para generar espacios para tocar”, en palabras de Emiliano Auditore, El Club de la Serpiente se hizo realidad a partir de una iniciativa que buscó consolidar además de su pertenencia en el rock local, una mayor visibilidad a la cultura emergente producida en esta parte del Conurbano. “Generar esta especie de ciclo no sólo para tocar nosotros sino para darles la posibilidad a otras bandas que se muestren, dado que el circuito está cada vez más complicado”, expresa Esteban de Perro Astronauta.
En días en los que la cultura joven puede ser mirada de manera esquiva con gafas conservadoras, hasta ser considerada despectivamente como ocio recreativo o clausurada por el gobierno amarillo, El Club de la Serpiente apuesta por la integración, conciencia y creatividad. Fomento del nuevo rock de este siglo, remanente y ofrenda de lo que alguna vez zona sur pudo ser cuando Babasónicos, Los Brujos, El Otro Yo y Victoria Mil surcaban generales paz y océanos de tierra y mar.
“Yo quiero que mi hijo sepa que esto existió, tal vez él mañana pueda seguir haciéndolo. Quiero que sepa que en Temperley hubo un lugar donde la birra era barata, donde se dio un show de la concha de la lora, donde uno se podía poner a charlar con un chabón que exponía cuadros o fotos, con una mina que tocaba la guitarra o hacía stand-up y que además tenía un dúo de folklore o una banda de trash”, cierra Aldasoro.
Los tiempos de ilusión e intensidad, pese a todo, parecen no quedar atrás.